La Tristeza Metafísica
Los cuentos del volumen "El futuro es un tropel absurdo"(1) están traspasados por una tristeza metafísica que podría confundirse con un estilo, una manera de sentir y observar el vértigo de los hombres en la vertiginosa ciudad que los expulsa y los cobija en cada gesto, pero que termina siendo, profunda y dolorosamente, una queja existencial, un agonismo en clave cotidiana, un malestar que respira invisible, inacabable, en las calles, las oficinas, los taxis, los autos, las pesadillas y los sueños finitos de la ciudad infinita.
Personajes que deambulan buscando un sentido mínimo al devenir de sus días. Personajes sin nombre, a veces, como el del cuento "Taxi", que se conmueve desde el extrañamiento de sus sensaciones hasta que la ironía del narrador desbarata la posibilidad de la escapatoria, de la fuga delirante, porque la rutina, poderosa, invencible, tiene la forma de una sentencia eterna: "Amanece en Buenos Aires, una vez más." Personajes que se enamoran de una felicidad improbable son liberados en el texto para luego apresarlos en el callejón sin salida que la ciudad diseña para vengarse de los ilusos y dejarlos llorando "largamente", como al perseguidor de "Mandy", uno de los registros más brillantes del libro.
El espacio textual repite deliberadamente los encierros de oficinas, los personajes grises y el dormido deseo de escapatoria, de liberación, de revancha contra el destino asumido como desgaste lento, como esa "oxidación" de la que también suelen dar cuenta los textos de Fogwill. En "El plan no puede fallar" el tono porteño de la primera voz no puede ocultar el intertexto omnipresente: el plan de Dios en boca de Jesús parece dicho por uno de los siete locos de Arlt, el "iluso mayor" de la vertiginosa ciudad, para darle esa tristeza metafísica a una escritura que la reelabora y la expande en todo el resto del libro.
Vínculos
Los espacios intertextuales, además, desde las citas que encabezan cada cuento, promueven la inserción del escritor en la narrativa nacional posterior a Borges-Cortázar-Sábato-Bioy, es decir, se acomodan entre Kociancich, Conti, Moyano, Di Benedetto, Kordon... y un autor implícito, Mario Benedetti, cuyos climas urbanos, empleados de oficina y hartazgos existenciales larvados (pensemos en "La tregua") parecen respirar en muchas zonas de "El futuro es un tropel absurdo".
Ese sitio que las citas definen no se agota en un posicionamiento nominal; también recoge las experiencias con el lenguaje que esos escritores promovieron: incrustaciones del habla común en la escritura literaria (Para qué la piedra"); tensión entre lo dicho machaconamente ("sí-no") y lo no-dicho ("Cuatro letras"); deslizamiento hacia el discurso polifónico ("Viqueira 56").
Una ciudad, un país y una trama política hacen de telón de fondo a casi todos los textos, pero la inescrutabilidad que les da forma y consistencia narrativa termina transformando ese "telón" en un universo de negaciones.
En una ciudad con incontables historias cotidianas, Mario Capasso recoge un puñado de ellas para que los lectores nos dejemos llevar por su pluma onettiana, por su escepticismo y su ironía, por su tristeza humanísima en un medio que parece tener cada vez menos lugar para los derrotados. Para dar cuenta de ellos están (atentos, lúcidos, insobornables) los buenos escritores como Mario Capasso.
Sergio G. Colautti - Río Tercero, Córdoba - Noviembre de 1999