Antes, cuando me invitaban a fiestas, mi zona de influencia se convertía en el centro de atracción, atraía hacia su boca la mayor cantidad de comida y bebida posibles, morfaba y chupaba a reventar y los anfitriones reventaban de angustia oral, pues no la habían tenido en cuenta en sus cálculos y las fiestas dejaban un tendal de invitados con hambre, hambre que muchas veces derivaba en violencia, violencia que casi siempre derivaba en desmanes, desmanes que por lo general terminaban de resolverse en el nosocomio más cercano. Y allí, una vez en la guardia, según me contaban luego los damnificados, eran bien atendidos, les servían unos saladitos, brindaban con suero y la crisis era superada. Mientras tanto, en el salón, la fiesta había seguido. Y ella quería brindar cada dos minutos, y elegir la música, y dirigir la filmación, y encabezar las rondas, y ser la primera en bailar el vals, y pinchar todos los globos, y cortar la torta, y salir en todas las fotos, y volver a brindar. Lo que no le gustaba era tirar papel picado, que era un desperdicio, que no le veía sentido, decía, me parte el alma, me hace sentir mal, con toda la pobreza que se ve alrededor, meditaba mientras engullía el último sándwich que quedaba, luego de arrebatárselo a un chico que no paraba de llorar y de patear mesa y madre. Menos mal que, “no soy muy afecta a los dulces”, decía la zona, y así, con los postres, más o menos la situación de los desesperados comensales era revertida, ellos se vertían en masa sobre las masas y el final feliz disimulaba el fracaso de la reunión. Claro que ella aprovechaba el tumulto para esconder entre sus ropas los souvenirs, y así lograba que de la fiesta no quedara ni el recuerdo. En un casamiento, el último, consiguió robarse el anillo de la torta y la liga de la novia, y estuvo muy contenta y me tiraba besitos y me hacía cuernitos mientras me decía lo felices que íbamos a ser cuando el arroz llegara.
Una vez tuve una pequeña alegría, algo morbosa por cierto, pero no me arrepiento demasiado. Recuerdo que viajábamos en colectivo de regreso a casa, íbamos parados de pie sin hablarnos, me parece que yo miraba a otra mujer para darle celos. En una esquina conformada por dos calles no paralelas, el colectivero frenó bruscamente, el colectivo también, y ella, que iba sin agarrarse del pasamanos, siempre tan canchera como todas las de su especie, no frenó en absoluto y fue a parar contra el asiento del chofer, con lo que resultó algo lastimada y no sólo en su auto estima, que sufrió apenas la rotura de uno de los faros delanteros. Sin imaginar las consecuencias, se me escapó no muy lejos una sonrisa seguida de una risa ya más contundente, y le gustó poco y nada, más nada que poco, se puso como loca aumentando en segundos a histérica de remate, y para rematarla hizo una escena con gritos y susurros y hasta amenazó con abandonarme a la primera de cambio. El chofer puso primera, enseguida segunda con alguna dificultad, cruzó un semáforo en verde y unas barreras levantadas sin encerrar a ningún taxi y luego arrimó bien al cordón en una parada mientras los pasajeros o bajaban o se mantenían neutrales en la contienda, que a todo esto había continuado sin restricciones, con los pelos de punta en blanco de la alterada zona. Pero no hubo caso con la fugaz idea del abandono, ni siquiera veinticuatro segundos de descuento en una mesa de saldos para ilusionarme con una retirada sin gloria de su parte. Sentí cómo mi fracaso amenazaba propagarse, lo sentí en forma muy patente, así que anoté el número de matrícula de mi fracaso, varios ceros a la derecha. Entonces ella, limpiándose las heridas, secándose las lágrimas, hipando, chupándose los mocos que le caían de costado, regresó a mi lado y prometió seguir acompañándome en todo momento y más allá o más acá de cualquier incidente urbano, “hasta que el edificio nos separe”. Emocionado ante tanta fidelidad, temeroso de enamorarme, al bajar por la puerta de adelante me adelanté a ella y corrí, o intenté correr, ya que al momento de lanzarme tropecé con un pichicho descomunal que justo pasaba rumbo al baño y que me utilizó como baño de emergencia. Respetuoso de los derechos ajenos, esperé que terminara. ¿Listo, pichicho? Cuando dejó de lamerme la cara y se fue, me incorporé suplicando que nadie me hubiera visto, agradecí los aplausos y firmé algunos autógrafos, no muchos. Cuando me desembaracé de los admiradores, dejé el peso de la fama apoyado contra un poste, me llegué hasta el puesto y, ya dispuesto a recompensarla, le compré un ramo de cuatro, no, mejor deme cinco flores rojas, y se lo regalé. Ella, visiblemente conmocionada, presa de la emoción más profunda, toqueteada en lo más íntimo de sus sentimientos, incapaz de expresarse con palabras, estalló en frenéticas carcajadas de perfil y luego, cuando se repuso y pudo al fin hablar, me dijo, dale, dale, mejor nos vamos, sos un romántico, vos.
Siempre es difícil volver a casa. La situación se repite cada dos por cuatro, como los tangos. Llegamos y no importa la hora, ni siquiera el minuto. Ella, ya en el umbral me suelta la mano, entonces saco partido de mi libertad y abro la puerta, la tengo que dejar pasar primero, "después de todo soy una dama", me susurra sobradora como un tercer zapato. Va a intentar seducirme, lo presiento, ganas no le faltan, lo sé, ni ganas ni condiciones ni antecedentes, me consta, son muchos años de convivencia pacífica y en algún momento va a ocurrir la desgracia, y si ocurre será entera responsabilidad de sus enormes caderas, no sé cómo explicarme sin gesticular. Una cosa así, así, espectacular la cosa. Me distraje y no es para menos, es para más, cada vez más. Creo que decía que llegamos a casa, y entonces lo primero es lo primero. Y una vez dentro del baño la dulce loquita me mira, desfachatadamente me mira, pone su mejor facha de atorranta recibida y musita piropos obscenos que, me parece, no sé, tal vez exageran en varios centímetros el tamaño de mi grandeza. Y mientras me ducho, ella me enjabona la espalda y no sólo la cabeza, escandalosos los piropos, ya lo dije, ay, pero me excitan, lo repito, para qué voy, ay, a negarlo, si se me nota en la cara con ojeras y en las manos con pelos y en las duchas que duran como tres horas sin contar el champú ni la crema enjuague con la que ella me enjuaga tanto y tan bien.
Pero.
Siempre hay un perogrullo.
Y un tercero en discordia.
Mi mujer no la ve, entre comillas jura que "ni la veo, ni la siento", y también dice que son mentiras mías. Excusas, viejo, excusas, repite. Por eso no cocina lo suficiente y pone sólo dos platos en la mesa. La zona de influencia no se ofende y se sirve del mío sin importarle el hecho de que vivo con hambre y sed de justicia. Lo peor de comer los tres juntos es el final a toda orquesta, los vecinos pueden dar fe y el mundo civilizado sabe lo esplendorosos que son los eructos de las zonas de influencia, sobre todo en estos tiempos tan modernos en que la tecnología ha avanzado tanto. Mi mujer los percibe, que no me venga a insinuar lo contrario, estoy tan seguro que ni póliza necesito, nadie puede evitar escucharlos, pero para no dar el brazo a torcer, mi esposa se retuerce de repugnancia en su sitio y se las aguanta sin dejar de pintarse las uñas, para no darme ni el brazo ni el tobillo ni nada del medio. Y los tres miramos la tele. Cuando la miramos y está prendida, preferimos los programas con políticos en el elenco estable, en algo estamos de acuerdo, sí, optamos por la ficción pues nos gusta divertirnos un rato, pasarla bien después de todo, desenchufarnos de tanta realidad que nos agobia y acorrala. Cuando mi mujer no está es porque se ha marchado. Esas ausencias las aprovechamos para quedarnos a solas los dos solos y así logramos mirar algún partido de fútbol, que tanto le gustan. Entonces ella, la zona, me tira un caño y se las ingenia para convertirse en la más y mejor enfervorizada hincha del equipo rival, se hincha de orgullo y de alguna misteriosa manera consigue y se pone la camiseta a medida con el número 10 del enemigo de turno, y mastica chuenga y salta en los tablones, y dirige a la barra brava y se afana banderas ajenas, e insulta al referí “bombero” y grita cada gol de su equipo como si fuera el último, pero nunca es el último, nunca, siempre gana por goleada. Los papelitos los tira ella al principio y al final los junto yo.
Me duele la cintura.
Una mañana de mayo era otoño y tuvimos una discusión muy fuerte, sin vuelta de hojas. Sucedió que, mientras ella me soplaba el café sin leche porque se nos hacía tarde y estaba muy caliente el café también, se escucharon golpes en la puerta. No puedo asegurar si fue TOC TOC o TOC TOC TOC, me inclino 45 grados a sospechar ésta segunda posibilidad. Lo que es bastante seguro es que a raíz del último TOC me llegué al probable sitio del mismo. En ese instante descubrí que se trataba de la puerta del pasillo y al abrir tuve que soportar las efectivas quejas de un vecino impetuoso, al que para colmo de males se le notaba la cara sin afeitar, las cejas sin peinar y el ombligo un tanto bastante roñoso, lo que le daba un aire aún más sombrío e influyente. El intruso, antes de pasar a salivarme, se limpió los zapatos en la alfombra y me mostró como prueba de lo justo de su ira, un pedazo de zona de influencia que, según sus dichos, se le había metido en el botiquín del baño, justo en el hueco que dejaba el desodorante y una vieja jabonera que ya no usaba o usaba poco, no le entendí muy bien esta parte. Lo que sí le entendí fue su intención de radicar (así dijo, radicar) la correspondiente denuncia en la Sociedad Protectora de Zonas de Influencia con domicilio legal no sé dónde y que el asesor letrado me iba a tirar las letras por la cabeza o me las iba a introducir en la ranura y no sé qué más me dijo durante esas dos o tres horas. Yo traté de jurarle por lo que usted más quiera que no se volvería a repetir tamaña (así dije, tamaña) situación o que en todo caso lo discutiéramos en otro momento porque el café sin leche ya se había enfriado lo suficiente. El vecino pareció comprender o simuló captar la idea, aunque para el caso es lo mismo. Lo que no es lo mismo es que el detestable sujeto se sujetó de mi solapa y aprovechó la oportunidad para demostrar su catadura moral al besarme, en la boca abierta por el asombro, durante quince interminables minutos. Luego dijo tengan ustedes buen provecho, y a continuación se despidió con una melodramática expresión de deseos, casi una orden por lo categórico del tono empleado.
–Métase en el culo su pedazo de zona de influencia, atorrante.
Ni consideré su sugerencia en ese momento. El buen hombre no me había dejado su teléfono, ni siquiera su número, pero de eso, decidí, me ocuparía otro día, con más tiempo para considerar su propuesta. Lo concreto es que el gritón se había marchado con su iracundia a otra parte, dejándonos a modo de obsequio una galleta. En consecuencia nos enredamos en una discusión muy encendida, así que apagué la luz para desenredarnos mejor. Fue tan terrible que ya ni me acuerdo del tenor de la discusión, creo que era un tenor, o a lo mejor un barítono. Cuando a ella le cayeron las primeras lágrimas, el olor inundó la habitación y alguien gritó las mujeres y los chicos primero. Todo esto me dio mucha pena, bastante bronca y un poco de asco, por eso preferí dar por olvidado el asunto, asqueado por tanta pena.
Che, la plancha está enchufada.
Recién vi la plancha enchufada y me acordé de ese domingo. Había sido un domingo normal, tedioso, una pena que no lloviera como manda el tópico. Mi mujer no se había ido, así que estaba. Ya habíamos almorzado, es más, ya habíamos cenado y de pronto la escena se desordenó. Ni llegó a eructar con precisión la zona cuando la vi levantarse y golpearse contra la mesa, dejar caer el sifón y la silla y correr hacia el baño. Llegar, lo que se dice llegar, llegó, estimulada tal vez por el sencillo hecho de no alcanzar a cerrar la puerta. Un desastre a medida. No sé si alguien vio alguna vez vomitar a una zona de influencia, no lo recomiendo, sobre todo si ese alguien está comiendo durante un domingo normal, tedioso aunque no llueva. Cuando salió del baño no parecía la misma, tenía una cara que me hizo caer el vaso, y se lo hice saber mediante gestos varios. Entonces me mostró el documento, la foto era medio antigua y no la favorecía en absoluto, pero era ella nomás y con una seña me pidió que la siguiera y la seguí. En el dormitorio habló pálidamente.
–Tenemos que conversar, vos y yo –dijo.
–Dale. Quién empieza.
–Yo.
–Vos.
–Creo que estoy embarazada.
Menos mal que yo me había sentado en la cama y que el colchón era duro y que me miraba en el espejo y que en el espejo había una mancha y que había prendido un cigarrillo y que hacía anillos de humo y no me salía bien ni uno de carambola, si no hubiera estado haciendo todas esas cosas, me hubiera dejado engañar por su expresión. Por eso le dije con cara de el fin justifica los medios.
–Me declaro inocente de culpa y cargo, hacete cargo vos del regalito. Yo no te hice nada, no averigüé en tus intimidades.
–Pasa que ya no me snif querés como antes y pretendés que nunca snif snif pasó nada entre nosotros.
–No sé –dije, –no estoy seguro –dije, –no me acuerdo –seguí diciendo, – no sabe, no contesta –, terminé de encuestarla.
–Claro, claro, para el señor es muy fácil desligarse de la criatura. Ahora me vengo a enterar que intentás omitir los datos de la realidad, te querés abrir, después de todo lo que yo me abrí por vos.
–No exageréis, estimada y noble señora. Os solicito que recapacitéis. Sed prudente en vuestras afirmaciones. Me niego a aceptar esta paternidad que pretendéis adjudicarme.
–Está bien, no pongás tanta distancia. Quedate tranquilo. Lo que tengo es un embarazo psicológico.
–Qué daga a traición me clavaste, vil zona traidora. Aunque quizás no seas tan vil ni tan vos la culpable. Ya me parecía a mí que era un aprovechador ese guacho caradura de acá al lado, por eso no le venía nadie al consultorio. Menos mal que se mudó ayer que si no lo mato al contado.
Luego de otro intercambio de palabras sobre el bien y el mal y el precio de los perejiles en la feria de la otra cuadra, no pude evitar el mirarla con cariño. La zona dio por terminado el domingo muy contenta, “soy tan feliz, pero tan feliz, que me dan ganas de matarme”. Mis celos la habían alegrado y así, con una sonrisa en sus labios y una mano en mi oreja, nos dormimos los tres.
Quién desenchufó la plancha, che.
Acabo de ver la plancha desenchufada y me acordé, creo que me acordé. Este episodio también sucedió un domingo. Otro domingo. Sí. Otro. Seguro. O el mismo domingo pero antes. O habrá sido después. Ahora me parece que no fue el mismo domingo. Habrá sido acaso un domingo, me pregunto. No interesa tanto, supongo. Un viernes entonces. Pongamos un viernes cualquiera. No, carajo, no fue un viernes. O sí. Posiblemente un sábado. Bueno, un día de la semana. O del mes. Pongamos década para no errarle muy fiero. Ya habíamos almorzado. O cenado. Comido, digamos comido. Un dato relevante que no hace a la cuestión, es que hacía calor. Pero entonces, pensándolo bien, si hacía calor por qué yo tenía puesto un pulover. O era una remera. Claro, ahora me acuerdo, la remera blanca con rayas horizontales blancas. O verticales. O el pulover. Pero cuál pulover. Ya está. Me dejo puesta una camisa de manga larga, me cierro el cuello y doy por abotonado el dilema. Pero para mí que era un pulover. Eso sí, recuerdo muy bien que transpiraba muy bien, estaba todo mojado. Todo mojado estaba. Lo que no recuerdo muy bien es si era fruto del calor de la temperatura o de que me había dado una ducha y no había ninguna toalla seca a mano. Qué sé yo. De lo que sí estoy seguro es de yo no estaba muy seguro de nada en aquel tiempo, debo reconocerlo, tenía muchas dudas, no me acordaba de las cosas, confundía peras con olmos, esquirlas con obuses. O no reconozco nada, qué tanto. Quién no es capaz de tener algún momento de duda en esta vida. O en la otra. Si es que hay otra. No creo que haya otra, pero quién sabe, a lo mejor nos seguimos jodiendo también allá. Ese día quería o suponía querer fumarme un pucho tranquilo y no lograba determinar si, para mejor cumplir con mi deseo, debía usar el encendedor gris o los fósforos, un fósforo cualquiera. El cigarrillo se consumía de impaciencia entre mis dedos mientras yo iba del encendedor a los fósforos y viceversa y viceversa. Al verme tan largo tiempo tan dudoso, la zona echó un resoplido y me sacó uno del atado, encendió una hornalla y lo prendió, me robó dos o tres pitadas y me lo acercó hasta los labios. Me parece que le dije gracias. O no te hubieras molestado. A lo mejor pensé algo y no le dije nada. Algún gesto le habré hecho. Ya con el cigarrillo en mi poder, me pregunté qué hago ahora con este cigarrillo que, para colmo, está encendido de un lado solamente. Fumé un poco hasta que me di cuenta de que en realidad no tenía ganas de fumar. Ya tomada esta decisión, me propuse con firmeza varias opciones: beber o tomar o libar. Un whisky, eso me pareció que deseaba con ansias. Sin hielo. Puro. Como debe ser. A lo macho. Pero entonces sería un trago demasiado fuerte y yo no estaba acostumbrado. Mejor con hielo. Mucho hielo en cubitos helados tipo icebergs. Aunque claro, el hielo se iba a derretir, es su fatal destino el derretirse, y así acabaría siendo un whisky muy aguado, como flojo, digamos. A la hora, hora y media de dubitaciones, la zona, con un gesto, con un suspiro y con un vaso, me sirvió un lindo vino tinto con un poco de soda apenas fresca, y lo tomé con entusiasmo. Con entusiasmo al principio. Un traguito. Luego algo más. No, no, tinto no, blanco, vino blanco, vino Blanco pero no quise atenderlo. O lo atendí rápido, andate que no sé qué hacer. El caso es que al vaso de vino tinto con soda apenas fresca se lo terminó ella que, al ver que me ponía a revolver la discoteca, vino hacia donde yo estaba y llegó, me arrastró hasta el sillón y luego de empujarme se plantó frente a mí, echó raíces y amagó con darme un sopapo, y dijo.
–Basta. Ya basta. No vas a estar ahora diez horas para decidir qué tipo de música querés escuchar.
–Pero no, che, qué te pensás que soy yo, eh. Unos tangos hubieran estado bien, eso, unos buenos tangazos. O un poco de jazz, tal vez. O algo de tierra adentro.
–Sí, una maceta. Escuchame, te transmito una inquietud que me carcome, decime si vos pensás seguir así mucho tiempo.
–Así cómo.
–Cómo que cómo. Así, como dudando de todo.
–Ah. Bueno, ahora no te me vas a poner en el papel de siquiatra, o debería decir mejor sicóloga. O profesional de los desequilibrios. O...
–Pará, pará. Me vas a volver loca, tenés más dudas que un libro de filosofía.
–Hablando de filosofía, tengo unos vagos interrogantes, o no tan vagos, laboriosos interrogantes, diría yo, si no fuera porque...
–Ves, ves lo que te digo.
–No, imposible, cómo pretendés que vea lo que decís.
–Ay, la puta madre. Ahora estoy confundida yo. Eso si es que yo soy yo. Decime si voy o vengo. Es hoy sábado o ayer fue miércoles. Tengo frío o hace calor. Debo encolerizarme o permanecer impávida. La lucha, decime vos, es cruel o es mucha.
–Viste que era como yo decía.
–Sí, ahora veo lo que decís. Tus palabras son tan luminosas, y sin embargo no sé nada. Tengo miedo o es solamente pavor. Cómo decías qué cosa de qué.
–Esa es mi zona. Chocá los cinco. O mejor los diez.
Luego de estas vicisitudes, para festejar por nuestras vacilaciones más comunes, nos pusimos el pijama, la zona y yo, o yo y la zona. Eso después de varias horas de indecisiones sobre qué pijama sí o qué pijama no. Y entonces, ya dispuestos a dormir las horas buenas, salimos a dar una vuelta y caminamos en línea recta, perdidos en la noche.
Che, qué pasa ahora con la plancha.
En invierno la situación es un descalabro con ensalada. Es que mi zona de influencia, en contra de lo que se piensa en general sobre ellas y de lo que enseñan las enciclopedias zonales, da severas muestras de sufrir la temperatura reinante en el hemisferio y me obliga a usar tres o cuatro frazadas cuando no cinco que para colmo son de las que pican como un ají de los que pican, y así mis noches se llenan de sudor, de ronchas y de fastidio, con la consecuencia de que cuando intentamos hacer el amor con mi mujer, si es que de puro aburridos intentamos hacer el amor, al finalizar las vanas escaramuzas mi consorte se levanta como un resorte con todo su porte y con voz despatarrada, que no deja lugar a ningún intento de respuesta, toma una decisión, toma distancia, toma la iniciativa, se toma un vaso de algo fuerte, se toma un respiro, toma su abrigo y su cartera, toma carrera, dice yo me las tomo y se toma el buque. Para despedirse buenamente y sin nada que envidiarle al vecino que por suerte no volvió, agarra el saca corchos y se destapa con un:
–Andate bien de tu madre, vos y tu zona de influencia, maricón.
Tengo entendido que mi mujer se va a dormir en esas ocasiones a lo de una amiga lejana, aunque nunca confiesa de qué lejana amiga se trata. Creo que vive por, no sé, es un lugar con un nombre medio raro, un lugar que cambia de nombre cada vez que le pregunto, che, y por dónde es que vive esta amiga tuya. Esto me despierta más de una sospecha cercana y para colmo ella, la viperina zona de influencia, no para de meterme ideas raras en el marote. Sé que mi esposa ha consultado a un abogado por esta situación, pero el abogado le dijo en privado o en el privado que ese asunto de la zona de influencia no es causal de divorcio, que no está previsto en la legislación vigente al día de la fecha de hoy y que él tiene que ir todos los días al gimnasio para mantenerse así, con ese lomo. El abogado es un buen hombre al parecer, alto, morocho, con un buen par de ojos y para nada afeminado, tal vez por eso no le quiere arruinar la esperanza a mi mujer y cada tanto le da una cita de última hora, pero ella siempre vuelve contenta sin novedad. Sin novedad pero satisfecha de haberlo intentado una y otra vez, si hasta me da pena la pobre, tan voluntariosa y obstinada, casi casi como la zona.
En verano la cosa mejora un poco. Una sábana que debe ser indefectiblemente rosa y una frazada livianita, alcanzan para conformarla. Lo que no parece tener solución es la demanda constante de agua, alias “la sedienta” la denomino entonces pero sin que ella se entere. Y así mis noches estivales se convierten en calientes peregrinaciones entre la heladera tan fría y el dormitorio tan distante.
Pero por suerte amanece que no es poco y me pongo cada mañana en marcha hacia el añorado edificio, con la zona de influencia custodiando mi andar. Entonces el paso se hace irreprimible, las piernas parecen resignarse a no detenerse y se diría que por momentos ensayan una especie de galope escuálido, semejante al de una cebra víctima del opio. Y mientras me acerco al edificio no son pocas las veces en que oigo voces en mi cabeza, no sé si a los demás les pasa lo mismo pero sospecho lo peor. Sí, lo sospecho. Son voces de hombres y de mujeres que me sorprenden por su tonalidad clara y valiente, voces de personas que parecen saberlo todo y más, y entonces me siento en contravención, con el ánimo mal estacionado, y si pudieran ellas escucharme les diría con tono ligeramente despreocupado, pero si yo no hice nada, no se dan cuenta acaso que recién estoy llegando. Pero ellas, las voces, no practican ni por joda la piedad, ignoran la compasión, con pasión se ensañan conmigo, se difunden en mi cerebro ya de por sí difundido, se empeñan en convencerme de que necesito cosas que ni conozco, me ofrecen soluciones para problemas que no vislumbro todavía, me inoculan la idea de que mi vida es una inconmensurable fe de erratas, cantan canciones cuyas letras me incitan a convertirme en un navegante de los mares de la libertad, como si esto fuera remotamente posible. Luego, como si no les importara mi cordura que tambalea, dan la hora, la temperatura y el pronóstico, y pasan a la tanda. Entonces apago el walk-man y sigo mi camino.
Además, mientras nos acercamos al edificio, comienzo a suponer posibilidades extravagantes, hipótesis sin cabello, qué sé yo, a ver si ahora se me ocurre un ejemplo, o dos para variar. Ya está. Que hubo un tiempo difícil de creer en que mi mamá me mimaba y yo jugaba en la plaza de la esquina, que va a ser un día soleado, que una brisa va a despeinar a alguien, que alguien va a sonreír, que existen las playas y el mar justo al lado. Todo esto puede ser que ocurra, pero también ocurre que algún juez irreversible dictó alguna vez alguna condena irrevocable y la sentencia me abarca por efecto de la regla de tres simple. Por fortuna, los amaneceres lluviosos suelen regar mi itinerario matinal. En esos días, caminando bajo los nubarrones, tratando de evitar las inevitables salpicaduras de los autos que pasan siempre cerca y te empapan y la puta que te parió, con la lluvia desaparecen las sospechas y hacen su entrada triunfal con bombos y colmillos, sus majestades las certezas. Entonces, cuando llueve, uno sabe sin temor a equivocarse que:
1.- El agua moja.
2.- Es mejor apurarse.
3.- Algunos charcos son el camuflaje de pozos tan negros como insondables.
4.- Los zapatos están inhabitables.
5.- Las medias no son impermeables.
6.- El paraguas es importado de Taiwan.
7.- El piloto no es Aguamar.
8.- El viento siempre sopla en contra de nuestros intereses y amainará cuando lleguemos.
Ya sea en estado de mojadura o en la dura sequedad ambiente, es igual. En los alrededores del edificio, la niebla que lo protege comienza a inmiscuirse en el que va llegando y entonces conviene ajustarse las mandíbulas, morigerar las ganas de subirse al caballo de la calesita, arremangarse las ilusiones de ofrecer ante nuestros semejantes algún acto de valentía. Por sobre todo conviene perfumarse adecuadamente contra el inútil catarro de la esperanza. Todas estas reflexiones me fueron dictadas por la experiencia, porque si de algo me puedo jactar sin reproches, es de haber acumulado años y más años al pedo, pues no es lo mismo enterarse de lo que pasa en el mundo por boca de otros que experimentarlo sobre la propia carne propia, ya que uno, que no es ningún tonto improvisado y ha pasado la vida tratando de perfeccionarse, se va dando cuenta que lo fundamental, lo que realmente le da trascendencia a nuestro tránsito por la tierra de acá abajo, es el sencillo pero no por ello menos sublime acto de echar los gases antes de entrar.
Ah, parece mentira pero ya es otra cosa.
Aparte de los gases, otra preocupación que crece dentro de uno mientras se va aproximando al edificio, es la que consiste en tratar (inútilmente) de olvidar el sueño siempre pernicioso de la noche anterior. Éste nos retumba en alguna parte no muy identificada de la cabeza como si fuera una murga de contramano, con redoblar de tambores en estéreo nos introduce a un universo lleno de fechorías, crímenes y pecados. Y el sentimiento de culpa que su recuerdo nos produce se hace evidente para los demás en nuestras ojeras que irradian lascivia, alrededor de nuestros ojos que irradian lagañas, empañando nuestras miradas que irradian tristeza. Pero no hay opción, son las ojeras o nuestro porvenir, el empleo que nos brinda la posibilidad de obtener un salario que nos permita adquirir lo necesario para nuestra subexistencia, nos espera a poca distancia, una bicoca, la gran liquidación, hasta agotar stock. Ya vamos llegando y no hay equipo de rescate ni 7mo. de Caballería que valga la pena. Entonces hay que forzar la sonrisa, dejar escurrir como un trapo nuestros sentimientos, pensar muchas gracias por el pan de hoy. Y todavía falta algo, un último escollo a sortear sin el insoportable apoyo coral de los niños cantores.
En la esquina, a pocos metros del edificio, pasa sus días un viejo ciego, vende lo que vende y también vende esencia de pochoclo en saquitos, su especialidad, su orgullo, según manifiesta. El viejo luce la piel fresca y rozagante y hasta suele parecer feliz el pobre. Cuando paso frente a él no me detengo pues no puedo detenerme porque la zona me empuja y tampoco logro detener el sentimiento de lástima que me inspira su figura de viejo, y pienso con pena que pasa todo su lastimoso tiempo a la intemperie o apenas protegido por un techito impreciso, ofreciendo su mercancía con voz descascarada a miles de personas que transcurren por allí y lo ignoran como si fuera una puerta colocada en un costado de la calle y que nadie usa, y que así se le va la vida al ciego, exhibiendo la tristeza de su espectáculo fresco y rozagante ante las multitudes que no pueden detenerse pues el tiempo apremia. Todos pasamos delante de él sin poder dedicarle un momento de atención o aunque sea sólo una mirada de costado y con o sin anteojos. Una pena el hombre, tan anciano en su vejez.
No me doy por vencido. Cada mañana despierto, qué macana, ¿no?, siempre en la misma cama, y, almohada mediante, con la ilusión de que la zona de influencia me deje tranquilo de una buena vez, que agarre para otro lado o que pierda mi dirección o que se aburra de mi aburrimiento. Pero ella es dueña de una voluntad a toda prueba de balas y siempre hace lo que quiere. Y por lo visto me quiere a mí, sin condiciones ni examen de ingreso.
Como grandes amigos sin solución llegamos cada día a la puerta del edificio. Juntos empujamos y juntos entramos y juntos lo buscamos y juntos arribamos finalmente a mi despacho.