El Edificio - Contratapa, por Federico Jeanmaire Una palabra trae la otra. Sin esfuerzo se van encadenando entre sí construyendo un edificio de palabras: la lengua. Pero ocurre que a veces, por ejemplo en la escritura de Mario Capasso, una palabra no trae la otra sino que, por el contrario, prefiere quedarse dentro de sí misma, escuchándose. Pasa entonces que lo que trae es otra significación y en esa otra significación detiene el reflejo automático de la comunicación humana. La literatura. Dejar de comunicar automáticamente, en algún sentido, es lanzarse a un abismo de significación que convierte a cada palabra, a cada cadena, en un enorme equívoco. Construir y destruir o construir destruyendo o destruir construyendo: esos parecen ser los movimientos que cimientan El edificio.

Un malentendido. Entender mal es no entender. ¿Se puede contar con palabras sin contar con las posibilidades de cada una de esas palabras? ¿Existen los edificios, los pasillos, las escaleras o las manchas de sangre sin las palabras? Capasso se siente muy cómodo en ese lugar tan incómodo que ha elegido para narrar. Cómodo en los márgenes, en los límites de la escritura misma. Una estética de la disección que emparenta de manera muy extraña lo popular de sus zonas de influencia con lo alto de los procedimientos que la escriben. El margen, lo raro, la mezcla de lo popular con lo culto, lugares de los que la literatura argentina parece no querer salir, quizás porque esos lugares sean lo argentino, nomás. Por eso, como da la casualidad que Mario Capasso también es argentino, al edificio de su literatura no le quedaba otra posibilidad que ser de la manera en que es. De la exacta y compleja y fantástica manera en que es.

Federico Jeanmaire.