Viajeros Qué raro.

Algo así pensó el doctor Ledesma al salir de su casa esa mañana, y enseguida siguió, cómo puede ser que todavía esté tan oscuro si estamos en pleno verano, si el calor ya me ha hecho transpirar y el sol debió haber salido hace rato. Algo así, tal vez de manera más confusa, habrá pensado. Pleno verano, sin dudas, si el día anterior había regresado de sus vacaciones en playas lejanas, playas con mar caliente y arenas suaves y mujeres rubias y suaves y calientes, y el mar y su entorno volvieron a su recuerdo en ese instante en el que la oscuridad lo abarcaba todo y entonces volvió a decirse, qué raro todo esto, ¿para qué volví? Pero no había caso, había regresado y la noche estaba allí. Allí. ¿Y él? ¿Podría haberse confundido tanto? Intentó consultar el reloj, el reloj era nuevo pero no pudo ver qué marcaban las agujas, así que entró de nuevo en la casa y encendió la luz y ahí confirmó que la hora era la de siempre, la que transcurría mientras atravesaba el largo jardín para dirigirse hacia la estación y tomar el tren, el que le permitía llegar temprano al centro de la ciudad, cada día el primero para atender y dirigir la clínica de su propiedad. Pero esa mañana las cosas parecían enmarañarse. En fin. Ya que la oscuridad podía aceptarse como un hecho incontrastable, y como ya hacía rato que estaba parado en la vereda y se había ido acostumbrando, caminó sobre ella. Lo incomodaba ese dolor en su espalda, comenzado durante las vacaciones, pero más lo incomodaba el sentir tanta negrura cubriéndolo y al acercarse a la esquina pensó que sería oportuno comentar algo con el muchacho que vigilaba, no hubiera tenido nada de extraño, solía intercambiar de vez en cuando alguna palabra con él, que, si no recordaba mal, había nacido en un pueblo cercano al suyo, en aquella provincia del norte, eso le había contado alguna vez, sí, ahora estaba seguro, fue una mañana que había amanecido muy contento por algo que ahora no recordaba, pero su paisano no se había esforzado en ser alguien importante y ahora no se hallaba en la casilla, no, ni en la casilla ni en ninguna parte, en realidad parece no haber nadie en la calle hoy, porque no es solamente la oscuridad, ni un ruido se escucha por aquí, se dijo al mismo tiempo que esbozaba algún gesto de preocupación o de fastidio. Luego pareció resignarse y así siguió. Caminó algunos pasos, cinco o seis tal vez, volvió a consultar el reloj sin éxito y continuó andando rumbo a la estación, al menos eso creía con alguna certeza. Durante el trayecto se cruzó con la posibilidad de alguna silueta a lo lejos y además algún perro. O quizá dos.

Al llegar, nadie en el andén, y encima la noche daba la impresión de haberse perfeccionado durante la caminata. El doctor Ledesma, sin motivo aparente, se tranquilizó un poco y hasta silbó una vidala, cosa rara en él, hacía muchos años que no lo intentaba, desde su época de muchacho. Allá en su pueblo todos le decían que silbaba bien, muy bien, dale, silbate algo, Eliseo, le decían sus amigos cuando se juntaban a la noche en la esquina del almacén y después volvía tarde y la madre lo esperaba y le servía la comida. Los amigos, qué habrá sido de ellos, casi veinte años sin verlos, apenas alguna noticia de vez en cuando, muy a las perdidas. Trató de recordar algunas caras, por ejemplo Luis, qué sería de su vida, en la escuela primaria Luis lo había aventajado, siempre. Sin dejar de silbar se dirigió hacia la boletería, tal vez ahí le pudieran informar la causa de tanta negrura y silencio, quizás el empleado había escuchado alguna noticia en la radio, una novedad que justificara ese panorama, sí, eso podía ser, y mientras avanzaba veía una luz muy tenue, no muy lejos, ahí nomás, y a medida que se acercaba la luz iba empalideciendo, aparentaba achicarse con cada paso, y cuando creyó llegar ya la luz había desaparecido, por completo, como si nunca hubiera existido, nunca la luz ni la boletería, tan sólo sombras abarcándolo todo, ahí, ¿en el andén?, ¿seguro que en el andén? Entonces se sintió débil, súbitamente débil, y buscó sentarse en el refugio, a tientas bajó los cuatro peldaños y se dijo que en algunos minutos llegaría el tren, lo tenía todo calculado, cada día de trabajo había sido así. Y sin embargo. Se equivocaba, apenas se había sentado cuando el ruido del tren comenzó a llegarle, parecido al de cada jornada y al mismo tiempo diferente, como si el ruido esta vez lo nombrara. Entonces subió la escalera, se asomó y con alguna dificultad lo vio aparecer al salir de una curva, ¿una curva? Su tren, claro que era su tren, aunque esta vez pareció surgir de una especie de túnel y luego se detuvo lenta, muy lentamente frente al doctor Ledesma, que permaneció quieto, muy quieto ahí en medio del andén, enmarcado por el humo que emanaba de la máquina. La oscuridad en ese momento comenzó a no ser tan espesa, al menos así le pareció. La puerta del único vagón quedó justo frente a él. Entonces respiró hondo y se agarró fuerte y subió. Una campana sonó dos o tres veces en la estación, desde la locomotora llegó la respuesta, y la formación, la escasa formación, se puso en marcha.

Al principio se sintió un poco mareado, pero el malestar duró poco. Se afirmó mejor y comenzó a recorrer el vagón de asientos marrones y penumbras, y, ya casi a punto de aceptarse como el único pasajero, escuchó una voz invitándolo, venga aquí, mi amigo, venga, no me mire así, acérquese, acá lo estoy esperando, ah, muy bien, bienvenido, parece que seremos dos en este viaje, dos nomás. Tal vez debería haber respondido que no podía ser, que era imposible, el dueño de esa voz se equivocaba, al fin y al cabo un error lo tiene cualquiera, porque cómo podía ser que lo hubiera estado esperando a él, al doctor Eliseo Ledesma, que si bien tomaba todas las mañanas el mismo tren para llegar temprano a su clínica, no conocía a ninguno de los que viajaban, él no conversaba con nadie, jamás, y mientras pensaba o decía o creía pensar o creía decir éstas u otras cosas parecidas, el tren había arrancado y él se había deslizado quizá sin querer hacia la voz, se aproximó y el que había hablado repitió la invitación con un gesto de la cabeza, y entonces se vio sentado frente a ese hombre bastante corpulento y de piel oscura. Lo miró con atención. La piel, además de oscura se le ocurrió gastada, su cara le resultó vagamente familiar y luego, varios minutos después, cuando el tren ya había alcanzado una velocidad tal vez excesiva, le vio el mazo de cartas en las manos y bien pronto pudo apreciar la habilidad demostrada y el hombre volvió a hablar y mezclando las cartas le repitió bienvenido al tren, qué le parece si mientras vamos regresando jugamos para pasar el tiempo, así amenizamos el viaje, que va a ser largo según creo. Él no contestó enseguida, tal vez trataba de comprender el sentido de las palabras. Luego dijo algo, tosió un poco, miró a través de la ventanilla y notó que afuera estaba tan oscuro como antes, como cuando al salir de su casa esa mañana había pensado algo así como, qué raro, y más raro aún, porque una segunda mirada por la ventanilla, luego de parpadear un par de veces, le permitió advertir que el día se había transformado, un gris impreciso se debatía con el atardecer, ¿el atardecer? También el tren parecía haberse detenido o al menos aminorado su andar impetuoso, y eso le permitió ver con bastante nitidez el patio de una casa, una casa en medio de la inmensidad, y allí una mujer morena descolgaba la ropa y miraba cómo tres o cuatro chicos jugaban a la pelota. Ella pareció gritarles algo, que tengan cuidado tal vez, que no se fueran a lastimar, aunque lo que más le llamó la atención fue la tanta tristeza que emanaba de la ancha figura de la mujer que colgaba la ropa en el patio de esa casa y que bien pronto desapareció de su vista. Ya no hubo nada más afuera, el paisaje se borroneó al tiempo que un movimiento brusco sacudió el andar del tren, entonces volvió su mirada al interior del vagón. El hombre sentado justo enfrente de él continuaba allí, tan grande y oscuro como antes. Mezclaba las cartas a intervalos regulares y parecía haber adquirido rasgos más juveniles. El doctor Ledesma se acomodó en su asiento, notó que el dolor en la espalda había disminuido, se había tornado casi imperceptible, apenas un recuerdo del dolor. En ese momento pensó de nuevo que ese rostro le recordaba a alguien, a quién se parece este hombre, se dijo, pero claro, él había tenido que atender a tantos y tantos pacientes, bien podía ser que se tratara de alguno de ellos, y sin embargo no me parece que por ahí ande la cosa, aunque no hay caso, no me acuerdo, concluyó, y quizás hubiera dicho algo, pero no supo qué decir o cómo iniciar una frase cualquiera, y el hombre, que seguía mezclando las cartas, que parecía sonreír cada tanto, le dijo que no se preocupara, ¿sabe una cosa?, tengo la impresión de que hace mucho tiempo que usted no juega, además no parece andar con ganas, y agregó que él tampoco andaba con mucha voluntad, que en vez de jugar bien podían conversar un rato, ¿qué le parece si charlamos un poco?, preguntó en apariencia sin aguardar una respuesta. El que mezclaba dejó de hacerlo y dijo entonces, deje nomás que empiezo yo: todos tenemos algo de qué arrepentirnos, yo he matado a un hombre. Sin énfasis lo dijo, como si hubiera dicho que el vagón o que el cansancio o que el tiempo. He matado a un hombre, repitió, y ante el gesto de incredulidad del que lo escuchaba, lo miró fijamente y siguió, sí, hacía calor, y no es una excusa, solía hacer mucho calor en el pueblo, yo era joven y tenía por entonces siempre mucha sed y nada de plata y esa noche esperé que el boliche cerrara, forcé la puerta y entré y agarré unas botellas y las metí en el bolso, y cuando ya me iba, cuando ya en la calle me creí a salvo, sentí a mis espaldas el grito del que resultó ser el comisario pero yo qué sabía, yo no sabía nada en ese momento, solamente que la sed me quemaba la garganta, y escuché como en un mal sueño largá lo que llevás ahí y levantá las manos, y yo hice al principio lo que la voz me ordenó, apoyé el bolso en el piso, y apenas lo apoyé pegué un salto hacia delante y desenfundé y contesté con un único balazo, siempre tuve buena puntería, y siempre fui rápido, no vaya a creer, y aunque él alcanzó a herirme fue muy poca cosa, acá en el brazo izquierdo, ¿lo ve usted?, sí, así nomás fueron las cosas aquella vez, a él lo velaron y yo finalmente escapé, tuve que escapar, me fui y de nuevo creí ser libre y de nuevo volví a equivocarme, porque viví años terribles, casi como veinte años de una pesadilla, así, con su último gesto de sorpresa y muerte en mi conciencia, y ya no pude vivir en paz, no, todo este tiempo con su cara final ante el fogonazo me ha hecho daño, mucho daño, me ha perseguido en todos los momentos, y su boca que sangra pregunta y pregunta ¿qué me hiciste?, y es por eso que subí a este tren y ahora vuelvo para allá, porque ya no puedo soportarlo, ya no más, ¿me entiende?

Más o menos.

No importa, ya va a entender, todos entendemos alguna vez, ¿y usted?, ¿de qué se arrepiente usted?

¿Yo?

El doctor Ledesma comenzó a fumar un cigarrillo que el otro le había convidado, las dos volutas de humo se trenzaron a la altura de las cabezas. Cuánto hacía que no fumaba, aquella tarde bajo el puente tal vez, cuando quiso impresionar a Graciela, ¿se habría casado?, ¿con Luis?

Gracias, viene bien un cigarrillo, porque.

¿Yo?, no, de nada me arrepiento, mi vida ha sido una vida normal, la vida de alguien que se propone una meta y la consigue, ya que estamos le cuento, cuando terminé el secundario dejé mi pueblo, la muerte de mi padre aceleró las cosas y abandoné ese lugar, un pueblito sin esperanzas perdido allá en el norte del país, rodeado de montañas como las que ahora se ven ahí afuera, mire, vea qué enormes y hermosas son, ah, ¿las conoce usted?, y entonces me marché con los ahorros de mi familia, mi madre me dijo el dinero es para vos, llevátelo, y eso hice y estudié con entusiasmo y me recibí de médico, me ha ido muy bien y no he vuelto nunca, ¿si extraño a mi gente?, a veces he extrañado, creo que sí, pero he tenido tan poco tiempo, todo fue tan rápido, eso sí, cada tanto les he mandado algo de dinero y también les escribí diciéndoles que por qué no se venían un tiempo para acá, pero no, ellos no quieren moverse de allí, tengo dos hermanos menores, con poco se arreglan, no tienen grandes necesidades, en fin, he conseguido una buena posición, soy dueño de una clínica, mis colegas me respetan, tengo cierto prestigio bien ganado, he viajado por el mundo, no, mire, le soy sincero, nada de qué arrepentirme.

Terminó de hablar y miró hacia afuera, el día se presentaba ante sus ojos claro y luminoso, un amanecer quizás. Y entonces la vio otra vez. La casa en la inmensidad. La misma casa de antes. En el patio, un hombre ayudaba a la mujer morena que colgaba la ropa, y a él le pareció que ella cantaba, que era feliz, eso le pareció, muy feliz. La delgada figura de la mujer se le quedó largo rato en la memoria. Trató de entender.

Así que, mire usted, me alegra saber que no tiene motivos de arrepentimiento, me alegra y me extraña, quiero decir, me extraña que entonces usted esté aquí.

El doctor Ledesma le quiso preguntar algo y no tuvo chance. El hombre dejó por fin el mazo de cartas a un costado, inclinó la cabeza hacia la derecha, se recostó contra el asiento y cerró los ojos.

Y así estuvieron viajando durante un tiempo imposible de precisar. El tren parecía flotar, se deslizaba en silencio, con un transcurrir tranquilo por momentos, con algunas ráfagas de velocidad en otros, aunque la mayor parte del tiempo parecía no avanzar. Eso, flotar.

Tal vez él se haya quedado dormido también, puede ser, no lo recuerda, no está seguro, fue un viaje largo, muy largo, lo que sí recuerda es que las caras eran muchas y de gran felicidad en el pobre andén, cuando el tren llegó, que el hombre que mezclaba las cartas ya no estaba en el vagón cuando quiso despedirse, pero sí que allí abajo estaban, y los vio enseguida, sus dos hermanitos vestidos con guardapolvos, al parecer listos para ir al colegio esa mañana, la mañana de cuando el tren llegó, la mañana en que vio también a Graciela tan bella, vestida como los domingos, a Luis no lo vio, pero había tanta gente allí, todo el pueblo quizás, y también su madre lo esperaba, como siempre cuando volvía tarde de la esquina del almacén, aunque no, esta vez más contenta que nunca, porque lo buscaba con la mirada a él, a su hijo, mi hijo el más grande solía decir, sí, el más grande, que todavía no había bajado, que todavía no los había abrazado, que todavía no se había encaminado hacia el pequeño hospital del lugar, que todavía no había atendido a ninguno de sus amigos ni a ninguno de los hijos de sus amigos, y la madre después de abrazarlo y de llorar en el pobre andén le contestó que no, que ella no había visto bajar a ningún otro allí, nosotros sabíamos que te ibas a hacer doctor y te ibas a venir enseguida para acá, que tanta falta nos hace, todo el pueblo está orgulloso de vos, y tu padre, Eliseo querido, tu padre no ha podido venir a recibirte porque lo hirió anoche un ladrón, pero está bien, no te preocupes, ya lo vas a ver, y mejor va a estar cuando vos vayas y lo cures, ¿qué dijiste?, no, casi nada, apenas un rasguño en el brazo izquierdo, ¿el ladrón?, se resistió y tu padre tuvo que matarlo, ¿sabés?