A Través de las Noches El hombre tardó en reaccionar, durante unos instantes creyó que las llamadas formaban parte de un sueño. Se hallaba nadando cerca de la costa de una playa desierta y fue entonces cuando oyó al teléfono sonar cinco o seis veces. Una vez fuera del agua y luego de cruzar un breve tramo de playa, con el brazo extendido y chorreante, alcanzó a encender el velador. Miró el reloj, mientras tiritaba manoteó el aparato en la mesita de luz y atendió. Hola, sí, hola, quién habla. El sonido del mar lo invadía todo. La habitación, además, parecía desestabilizarse. Hable más fuerte por favor. El hombre cubrió su cuerpo con la sábana. Entonces reconoció a la que había llamado. Hubiera tenido que explicarle por qué esa primera frase le había salido con la voz agitada y casi en un grito, es que nadaba un poco y ahora el ruido de las olas al romper, tendría que haber dicho, pero no quería dar explicaciones. Me sorprendiste, no esperaba tu llamado, no tan pronto y menos a esta hora. Un barco pasaba a lo lejos, era grande y parecía irse. Eso no se me había ocurrido, viajar en barco, irme lejos, irme del todo. No importa, está todo bien, sí, claro, dormía. Se distrajo por la conversación, algo entrecortada, y cuando lo buscó en el horizonte ya no vio el barco, sí a las gaviotas, cuántas serían, imposible contarlas, si al menos una se lanzara en picada y viniera a revelarle a él sólo cómo es ese asunto de volar y así desaparecer en lo alto, luego de tomar la fuerza necesaria para despegar y no regresar jamás. Volar, eso estaría bueno. Por qué no te iba a atender, no te di acaso el número del hotel. Alzó la vista y vio venir a la mujer, la misma que le hablaba desde el otro lado del aparato, se acercaba lenta y desnuda, distante todavía, pero era ella y el viento le desplegaba los cabellos, algo más rubios que antes. Te teñiste el pelo, quizás. Ella se acercaba, sin mirarlo pero se acercaba, con esa su manera tan especial de andar. No sé por qué te lo pregunté, se me ocurrió esa idea, te quejabas a menudo del color de tu pelo. La notó también más delgada, bastante más delgada, pero no quiso preguntarle, le gustaba así, como al principio. Ella se detuvo a unos pasos de él, que permanecía acostado, con la cabeza reclinada sobre una toalla o un bolso o simplemente un poco de arena tal vez. Te lo dije antes de viajar, quería poner distancia, y me gusta el mar, me aclara las ideas, por eso vine. Ella hizo un gesto que él interpretó como de duda, parecía querer aproximarse más y carecer de ánimo, el hombre pensó entonces en hacerle un ademán que la estimulara, pero no lo hizo. Y vos, contame, cómo andás vos, y la nena, pregunta acaso por mí. Lo escuchó claramente, el hombre giró la cabeza en dirección al grito, el grito lo había llamado e incluía la palabra papá, buscó con la mirada, parecía haber sonado cerca, unos médanos con algo de vegetación, eso vio, tan sólo eso. Lo que le sucede es normal, ya lo conversamos bastante, ambos sabíamos lo que iba a pasar con la nena. La mujer lo miraba, parecía reprobar sus palabras, tal vez tuviera razón, y sin embargo, qué otra cosa podía decir. Claro que voy a volver y que la voy a ir a buscar. La luz de la habitación pareció ceder un poco, un problema en la electricidad del lugar, o alguna nube tal vez. Miró el cielo, sí, en efecto, una nube, solamente una y leve, pronto se corrió y lo dejó de nuevo de cara al sol, hacía calor, mucho, su cuerpo lo sabía y transpiraba, se destapó un poco, si pudiera alcanzar la perilla del ventilador, pero está tan lejos, es tan difícil todo, aquí, en la playa, pensó. Eso me preocupa, ella siempre se portó bien en la escuela. De nuevo el grito, y de nuevo los médanos y la vegetación, algo más profusa que antes, y unos pasos que se iban apagando, yéndose. Te prometo ocuparme cuando regrese. El viento sopló un poco más fuerte, algo de arena le entró en los ojos. El hombre se movió y la cama hizo un ruido, o quizás el ruido llegó de afuera. De eso prefiero no hablar, por ahora pienso que es mejor dejar las cosas como están. Se restregó los ojos, se hizo un poco de daño, una molestia a veces la arena. Ella al parecer aprovechó el parpadeo y giró, quedó de espaldas a él, de frente al mar, pero no caminó. Sí, mucho más delgada y rubia. Démonos tiempo, es lo mejor para ambos. Comenzó a alejarse hacia la zona de los médanos, lenta y desnuda, él no la siguió, prefirió la quietud del cuerpo, tan pesado entonces. Me quedo unos días todavía, estoy bien acá, duermo mucho. La mujer miró a los costados, se había detenido y parecía buscar algo y no encontrarlo y desesperar. Son las siempre lamentables ideas tuyas, no estoy con nadie. Ella insistió unos instantes con la mirada, luego retomó el paso, aunque su aroma quedó flotando en el aire algo húmedo de la mañana. No me amenaces, eso no te lo creo, vos no sos capaz de hacer algo así. Miró de nuevo el reloj, todavía faltaba bastante para el amanecer. Ella cortó con violencia y así desapareció de la visión del hombre, que apagó la luz y se acomodó entre las sábanas, hacía calor, mucho, el agua estaría linda, se dijo. Al rato caminó por la playa, la brisa le hizo bien y lentamente se acercó al lugar por el que la había visto irse hacía no demasiado tiempo, cuánto tiempo, se preguntó. Permaneció un momento allí, el sol le dolía en la espalda y sudaba con todo el cuerpo. Si pudiera disfrutar un poco más del agua, eso estaría bueno, pensó y se abrazó a la almohada. Luego, se dejó llevar por la fuerza del oleaje y nadó hasta despertar.

Cenaba, ahora el hombre cenaba, casi sin ganas comía algo que no acertaba a reconocer, se lo habían servido hacía ya un rato largo y el humo que se desprendía de la comida lo rodeaba, le producía una sensación de mareo, lo incomodaba. En el lugar, las personas y las penumbras y los olores iban y venían. Las mesas del salón se habían ido ocupando poco a poco, a cada instante aumentaba el ruido de las voces y de los cubiertos al chocarse. Unos chicos corrían entre la gente, una nena rubia reparó en él y lo miró durante unos instantes, él no le dijo nada, y cuando la nena le sacó la lengua ya no era rubia y enseguida desapareció. Enseguida una mujer, subida a unos zapatones con tacos altos, se levantó de una mesa vecina, se acercó con paso violento, su teléfono sonó ya cinco o seis veces, por qué no atiende de una buena vez, dijo. Con torpeza, sorprendido, se desembarazó de las sábanas, encendió la luz y buscó el aparato. Ah, sos vos de nuevo. La mujer que lo había alertado permanecía frente a él y parecía dispuesta a no moverse, lo miraba con prepotencia, le pareció que hasta con odio lo miraba. Entonces trató de ignorarla y de concentrarse en la voz que venía del otro lado. Sí, estoy despierto, hablá nomás. La mujer del salón persistía en enfrentarlo, aunque ahora más rubia y delgada y con una expresión diferente. Como él se mantuvo callado durante un tiempo bastante largo, la mujer retomó su aspecto anterior de gordura y prepotencia y volvió a su mesa, no sin antes dedicarle un gesto de fastidio. Sí, claro que te escucho, no hago otra cosa que escucharte. Un mozo de negro y con bigotes se aproximó para consultarle, si quiere le hago calentar la comida, se debe haber enfriado. No, gracias, contestó el hombre, pero el mozo se inclinó y levantó el plato. Es el reglamento del hotel, le dijo. Bueno, está bien, no importa. No, no hablaba con vos, claro que me importa lo que decís. Todos los habitantes del salón se habían detenido, parecían muñecos y ya no comían, lo miraban en silencio, atentos, como si ellos fueran los espectadores y él una austera obra de teatro. Los mozos también lo observaban, el conjunto parecía una foto, una curiosa foto. En realidad no hablaba con nadie, con quién voy a hablar, no insistas con lo mismo. Un par de gatos comenzaron a dar vueltas alrededor de su mesa mientras una canilla goteaba en alguna parte, la cocina quizás, o el baño. Se escuchó el ruido próximo de algo al romperse, una copa a sus espaldas y contra el suelo posiblemente. Alguien gritó. No pudiste haber escuchado a nadie, por última vez te lo digo, vine solo, estoy solo y quiero seguir solo. En ese momento notó un cambio en la iluminación del lugar, es que al acostarse había dejado el televisor prendido, antes no había reparado en él y ahora la pantalla exhibía una película en blanco y negro, una vieja película. Basta de esa historia tan repetida, pará de lloriquear y contame cómo anda la nena. Los espectadores, aburridos tal vez pues la conversación no derivaba en nada interesante, decidieron levantarse, todos, con fragor de sillas y mesas y saludos. En pocos minutos el público despejó el salón y los mozos comenzaron a divertirse, se arrojaban las sobras y los envases vacíos, parecían ser cientos y seguían surgiendo desde todos los rincones. Un grupo se hizo fuerte detrás del mostrador y desde allí resistía los embates del enemigo que avanzaba. Cómo que no querés hablar de la nena, y de qué querés hablar entonces. Una mujer, en este caso para nada rubia y delgada, sino más bien obesa y morocha, había entrado al lugar y, en medio de la guerra ya desencadenada, fregaba el piso con una voluntad a toda prueba, parecía haberse encaprichado con una mancha que el hombre, desde su lugar, no alcanzaba a ver. No te hagas la nerviosa, te conozco, muy bien te conozco. Demasiado, eso decía la mujer que fregaba, es demasiado para mí sola, vienen tan elegantes los señores con sus putitas y ensucian todo, seguro que en sus casas hacen lo mismo. Me da lo mismo, hacé lo que te parezca. La mujer que fregaba estornudó, se pasó una mano por la nariz, maldijo a los comensales ya ausentes, eructó dos veces y siguió en lo suyo mientras los mozos, en una mesa tan rebosante como alejada, ya bastante apaciguados, algo lastimados comían, tomaban y se reían, tal vez se reían de él, eso es lo que supuso el hombre, de quién otro, se ríen de mí. No, vos no, ya sé que no te reís vos. El hombre sí tuvo entonces ganas de reírse, de sentarse con los otros y tomar junto a ellos unos tragos de algo bien fuerte, pero no, mejor no, mejor ceder. Está bien, mañana vuelvo, no creas que es por tus amenazas, ya sabés que no te creo capaz. Uno de los mozos se acercó a la mesa del hombre, cargaba una fuente con comida, la fuente chorreaba y olía mal y echaba humo y, no, ya no quiero comer, váyase, váyanse todos de aquí, déjenme dormir en paz. Dejó una propina, el billete comenzó a flotar y los mozos estallaron en carcajadas y él también sintió que flotaba y se vio de pronto en la cama, y así se alejó del comedor, a través de una galería de colores impetuosos, entre las burlas de los que quedaban, insultado, vencido. Quedamos así, mañana ando por allá. Con un movimiento algo desajustado apagó la luz e intentó conciliar el sueño. Lo logró mucho después, aunque seguía sin hambre, con la mesa servida y la gente mirándolo, a él, tan solo. Ya nadie reía a su alrededor.

Cambié de idea, decidí mostrarme, postergar el regreso y mientras tanto salir a la calle, no acostarme en absoluto y caminar, caminar hace bien a la salud, eso dicen y yo debería estar convencido de ello, tantas veces se lo habré repetido a mis pacientes. Ja, qué risa. Caminar, como si fuera tan fácil. Hace frío, tengo frío, hace y tengo, debería haberme abrigado, antes, porque ahora ya hace un buen rato que recorro la peatonal desierta, oscura por demás, y bajo la presencia de la noche apenas se nota aquella luz tan tenue, cuántas cuadras de oscuridad habrá que atravesar para alcanzar aquella luz que por momentos existe y por momentos desaparece de mi vista. Cuando la vuelva a ver cerraré fuerte los ojos y la mantendré fija en mi memoria, y así andaré, ojos cerrados en calles oscuras, sería hasta gracioso si no fuera verdad. Ahí está de nuevo, ya es mía esa luz, la atrapé y hacia ella voy. Mis piernas se mueven y me llevan, mis pies descalzos sobre la alfombra de la habitación que se extiende a medida que avanzo. Es increíble, he llegado tan pronto que dudo. Sin embargo entro, el lugar de la luz hasta hace un rato lejana resulta ser una especie de quiosco largo, muy largo, tal vez infinito y con los estantes casi vacíos. Observo al hombre que supuestamente debería atender a los clientes que se animan a entrar, por qué no me atiende entonces, es muy alto y casi, eh, no puede ser, sucede de nuevo, el teléfono ha comenzado a sonar, por qué el tipo me mira desde ahí arriba y no responde, seguramente sonará cinco o seis veces, no las puedo contar, me pierdo, pero no importa, casi lo sé. El hombre al final levanta el tubo, detrás del mostrador escucha y yo lo miro escuchar, parece no interesarle lo que le dicen, no contesta, desacomoda unos papeles, le noto un gesto de disgusto, viene hacia mí, parece acusarme de algo, pero apenas me dice es para usted, tome, atienda. Un paquete de cigarrillos, le pido, sí, esos, o cualquier otra marca, da igual y contesto. Hola, vos otra vez, me lo imaginaba. Cualquiera, sí, ya le dije que cualquiera me da lo mismo, solamente quiero cigarrillos que me echen humo adentro, humo del peor. No es para armar tanto escándalo, solamente decidí pasar una noche más acá, ya te dije, creo que te dije, acá duermo mucho, y no tengo pesadillas. Y unos fósforos. No, para quemarte no, te lo juro, todavía no, simplemente para ayudarme a encender un cigarrillo y fumar y toser y seguir fumando. La busco con la mirada, tan seguro de encontrarla entre la multitud que ha entrado al local, y en efecto ya está aquí, ahí nomás, de pie en un rincón, inconfundible, otra vez más rubia y delgada y desaprobando mi actitud. Sí, he vuelto al vicio, y qué, cuál es el drama, no debería importarte, ya no soy tu problema. Alguien me lleva por delante y no sé si se disculpa y se va despacio. Pago o creo pagar los cigarrillos, los fósforos, no se olvide, ah, oiga, caballero, una cosa más, me llevo el teléfono, para no molestar acá parado. Que me vaya dice el hombre desde su boca en su cara puesta tan arriba. Se me ocurre un chiste acerca de su altura pero decido que mejor me callo, y me voy. No, no me voy, adónde voy a ir si estoy en la cama, te escucho, dale, vos hablá y yo te escucho mientras bostezo. Ya en la calle, la multitud se mueve, me lleva. Por la esquina pasa un trencito lleno de colorinches, los chicos gritan, sacan las cabezas por las ventanillas y cómo gritan los muy felices, si al menos uno dejara de gritar, uno, ni dos ni tres, solamente uno. Sí que la oigo gritar a la nena, dame con ella, por favor. La muchedumbre empuja, alguien me quiere vender algo, no logra convencerme, necesito otra cosa pero no ofrecen lo que quiero. Por qué no me dejás hablar con ella, complicás todo. Mi andar se complica, ni que fuera verano y calor, los paseantes andan con remeras, blusas, polleritas, pantalones cortos. No, no corto, soy todo oídos. Hay mucha gente alrededor, arriba y abajo, la habitación es chica, debería ser chica para alojar tanta cantidad. Si estoy sólo como un, quiero decir que, no importa, es inútil. Es inútil que trate de resistirme, un policía o algo parecido pide ver mis documentos, le muestro que el pijama no tiene bolsillos, cómo pretende que lleve documentos encima si estoy durmiendo. No parece muy convencido con mi explicación pero se va, a cambio llegan unos perros, o acaso son parte de la obra de teatro que unos tipos se lanzaron a representar en plena vía pública, o en el fondo del espejo de la habitación, no sé. No sé qué pretendés, mejor la seguimos en otro momento. Alguien que pasa pregunta la hora, miro el reloj en la mesita de luz, le contesto en medio de un bostezo. Bostezo porque aburrís y bastante con tu cantinela. Hace bien a la salud el caminar, recuerdo, entonces camino y unos payasos me siguen, imitan mi paso, se ponen una mano en la oreja y hacen como que hablan por teléfono, no son para nada graciosos pero el público aplaude. Me doy vuelta. Está bien, mañana salgo para allá, sí, ya sé que anoche te dije lo mismo, ahora es en serio. Se burlan de mí. Chau. Corto la comunicación, ellos también, los payasos, cortan todo intento de gracia y los pierdo. Vuelvo al negocio o tal vez el negocio vuelve a mí. No hay nadie ya, ni siquiera ella de pie en el rincón. Devuelvo el aparato, la misma mueca de disgusto en la cara del hombre. Quizás para disculparme compro una muñeca y salgo, antes tropiezo, mis zapatos, a lo mejor choqué contra mis zapatos, alguien ríe a mis espaldas, enciendo al fin un cigarrillo y camino por la peatonal de nuevo desierta y oscura. Me levanto y entro al baño, no viene nadie pero igual demoro en orinar, tiro el cigarrillo en el inodoro y aprieto el botón mientras estoy en la cama y todo da vueltas y me tapo hasta la cabeza y un poco más. Recuerdo la promesa de volver, tal vez sea lo mejor. Finalmente, la habitación parece serenarse, los últimos transeúntes se van yendo lentamente. El último cierra la puerta, me propongo dormir con la muñeca a mi lado, la acaricio. A la nena le va a gustar, creo.

Por qué conducía a tanta velocidad, qué lo impulsaba, quién, si a él siempre le había gustado viajar tranquilo, manejar con cuidado y disfrutar del paisaje, qué paisaje, dónde está el paisaje, por qué se ha ocultado, se preguntó mientras su pie pisaba el acelerador. Por momentos había bastante tránsito en la ruta tan angosta. Tendría que haber salido antes de acostarse, antes de que el sueño al fin lo venciera. Cuando el teléfono comenzó a sonar justo se adelantaba a un camión que por sus dimensiones parecía no tener fin, cinco o seis llamadas fue el tiempo que demoró en pasarlo. Por eso no contesté enseguida, no pienses mal ni te imagines cosas raras. Miró por el espejo retrovisor, el camión había desaparecido. Suspiró aliviado y amagó con un bostezo y mientras una mano se aferraba al volante la otra manoteó la perilla de la luz. Si llevé bien la cuenta, ya son cuatro las noches en que me llamás a la misma hora. Nuevamente el espejo y la persecución, por qué el camión se encontraba de vuelta allí donde él no lo quería, ahora se le había pegado atrás y le hacía señales con las luces, muchas señales y muchas luces, luces grandes y enloquecidas, hubiera querido gritar, pedirle al otro que lo dejara tranquilo, que ya no lo molestara. No es un reproche para vos, vos no tenés la culpa de lo que me pasa, y la nena cómo está, seguro duerme, le compré una muñeca, es linda, sabés. Aminoró la marcha y se deslizó hacia la banquina, pero la banquina parecía alejarse en una desenfrenada carrera hacia el vacío. El camión tardó en pasarlo, parecía mentira tanto camión, y luego otro, y a continuación más y más camiones, como si fueran participantes de una competencia en la que él encarnaba el obstáculo. Llegó a una de las innumerables curvas, a la salida se topó con una propaganda de cigarrillos, se acordó que la noche anterior había comprado en ese quiosco de la calle oscura, buscó aunque sea uno en la guantera y a los pocos segundos fumó sin placer. Luego apareció un puente, debía tener cuidado, ella siempre se lo decía. Sí, tenés razón, esta vez estamos de acuerdo. De frente se acercaba un micro, muy rojo y muy rápido. Esperá un poco. El micro pasó muy cerca, el auto quedó vibrando. Sí, ahora sí decime. Mientras escuchaba se le manifestó la tentación de tirar el aparato por la ventanilla, pero comprendió que sería un gesto inútil, la conocía demasiado, volvería a llamarlo de todas maneras. Entonces miró a su derecha, la vio en el asiento del acompañante, dormida, más rubia y delgada, como en la playa, desnuda no, ahora no. Pero si ya estoy en viaje, voy para allá, no lo ves acaso. No, ella no podía verlo, dormía plácida a su lado, como antes, pero mejor no pensar en el tanto tiempo de antes. Bueno, dale, hablá, yo te escucho. Casi sonrió, colocó el aparato a un costado, sobre la falda de ella, y aceleró con ganas, con bronca, pero ya no pasaba a nadie, no había a quien pasar en ese camino tan desolado y tan de tierra, cómo había aparecido allí, cuándo había doblado, dónde. El polvo comenzó a volar al paso del automóvil y lo hizo toser. Cerró las ventanillas, ella en apariencia no se daba cuenta de nada, dormía y no quiso despertarla. A pesar de haber dejado a un costado el teléfono, el ruido del motor no conseguía apagar la voz tan aguda, el hombre no entendía lo que las palabras significaban pero el sentido de lo que expresaban lo conocía tan de memoria que levantó el tubo sólo para decirle por más que amenaces, y volvió a dejarlo donde estaba. El auto ahora nuevamente se deslizaba sobre el asfalto, un asfalto largo donde una tormenta se había desatado. El calor se había instalado adentro, por qué tanto calor, y por qué nuevamente el camión le hacía señales, el mismo enorme y persistente camión, como surgido de una pesadilla. Y esta vez el hombre gritó, basta, basta por favor, ya no soporto más. Ella no despertó por los gritos, en realidad ya no la veía a su lado, pero el camión sí, lo seguía con saña, implacable en el espejo, y al final lo alcanzó. Está bien, mirá, estoy viviendo en el consultorio, hasta que consiga algo mejor, ya definitivo. El auto se sacudió por el empujón, el hombre vio en ese instante a un motociclista volar por el aire, podría jurarlo a pesar de la visión dificultada por la lluvia, se advertía a menos de cien metros, aunque no lo vio caer, tal vez había sido atraído por la ferocidad de la tormenta, arriba. En unas horas estoy allá, vení y charlamos, pero no te hagas ilusiones. Colgó el aparato, se acomodó tras el volante, la ruta se había despejado totalmente aunque el paisaje continuaba siendo una ausencia, dio vuelta la almohada, se acurrucó, y enseguida lo atrapó el sueño, estaba en verdad muy cansado. Soñó que manejaba y que un camión.

Al fin había llegado, sucio, húmedo, deshilachado. La cuadra no se veía tal como la recordaba, y dónde estarían los muchos autos de cada día, y los árboles en la vereda, y por qué ni siquiera andaban por ahí los transeúntes siempre apurados, tan sólo aquellos perros ya alejándose entre la niebla. El portero resultó ser un viejo que barría, quién es éste, se preguntó el hombre. Ya en el interior del edificio, llamó al ascensor pero pronto se descubrió subiendo por la escalera, no quiero ir por la escalera, estoy cansado, se repetía sin poder parar de subir mientras atravesaba pisos que se iban desordenando a su paso, cada vez sudaba más y hasta se avergonzó de su olor. Recorrió el edificio, un laberinto de repetidos pasillos grises, y por el laberinto caminó hasta que en una puerta vio un cartel con su nombre y su profesión, pero al intentar abrirla descubrió que no podía, la cerradura resistía cada intento. Era su consultorio sin dudas, si después de tantos años, y eran las llaves, seguro que sí, pero las probó muchas veces sin lograr su cometido hasta que una especie de sombra apareció de repente a sus espaldas y le dijo déjeme probar a mí, y listo, mágicamente la llave giró con un ruidito de satisfacción. Quiso agradecerle pero el otro ya estaba ayudando a liberar una nueva entrada, dos o tres puertas más allá, había en verdad tantas puertas cerradas, esperando. El hombre no esperó, cruzó el umbral y vio una montaña de papeles. La correspondencia se había acumulado, es lo que había imaginado al acostarse esa noche y pensar en el asunto, en lo que le esperaría al regresar después de los tantos días pasados afuera, pero la cantidad de sobres rebasaba lo probable, ni en sueños podía contarlos, los había de los más diversos tamaños y colores, yacían desparramados por el piso y el único que alcanzó a leer resultó ser una invitación para una fiesta infantil y de nuevo lo asaltó la duda, se encontraría en realidad en su consultorio, ni siquiera persistían los diplomas en las paredes, y ni la camilla y ni los instrumentos, dónde se hallaba entonces si no, y en esa incertidumbre se debatía cuando los llamados comenzaron. El hombre buscó el teléfono, dónde estaría el aparato, quién puede encontrarlo en medio de este desorden. Fueron cinco o seis los timbrazos hasta que la mujer se decidió a ingresar. Quiso moverse, el hombre quiso moverse pero no pudo, esa cama se había convertido en su prisión. El vértigo de creerse soñando no lo tranquilizaba, esto no es un sueño, esto no es un sueño, se repetía y trataba de liberarse de esa atadura que lo inmovilizaba, con la nuca hundida en la almohada y los brazos como toneladas. Ella había llegado, su perfume la había delatado. No mucho después la vio recorrer con la vista el sitio, complacerse y sonreír al notar la muñeca en un costado y aprobar con un ademán leve. Y luego la vio caminar alrededor, lenta, y enseguida comenzar a desvestirse con movimientos pausados, y colocar prolijamente la ropa en el perchero, y aproximarse, y encaramarse triunfal. Enseguida la sintió lamerlo, succionarlo, y finalmente musitar algunas palabras ávidas y hundirse en él, que ya no atinaba a luchar por soltarse y se mantenía con el sexo erecto a su pesar, debajo de ella, más rubia y delgada. No lo vas lograr, le dijo, ya lo estoy logrando, contestó ella poco antes de derramarse sobre el cuerpo de él. Luego, la mujer se bajó sin apuro, reía, a carcajadas reía. Al rato, su semblante denotaba más serenidad, miró las ropas en el perchero, ya no me hacen falta, mejor que lo vayas sabiendo, he ganado la partida, te conseguí y es para siempre. No sos capaz, no podés ser capaz. Ella daba la impresión de burlarse, su gesto podía interpretarse como de desafío, una bravuconada, y él se preguntaba si lo decía convencido o si solamente era un deseo a gritos porque ella no parecía escucharlo. Pero sí que lo escuchaba, porque él le dijo la ventana está cerrada y ella le respondió, es mentira, una más de tus mentiras, la ventana está abierta, mirá como está de abierta, con una sonrisa al viento lo dijo, y esa sonrisa fue como la primera, como la de aquel día en el parque cuando la lluvia comenzó y ellos no tenían paraguas y por eso. Es una locura, no lo hagas. Y luego nada más. La mujer había dejado allí su perfume y se había llevado la sonrisa a través del viento. Es una locura, pará, pará, pensá en la nena, gritó o creyó gritar de nuevo un segundo antes de despertar con los ojos llenos de lágrimas. La pieza del hotel le pareció más triste entonces, y desolada. Y ya no quiso dormir, no deseaba soñar con un lugar desconocido, lleno de cartas y paredes vacías. Y encima. No. Por eso se levantó, por eso prendió un cigarrillo, por eso pensó mucho en poco tiempo, por eso. Y por esa ventana y el viento.

Al fin y al cabo, si lo pensaba bien, había sido tan sólo una terrible cadena de sueños, esas cosas pasan, todo el mundo tiene pesadillas, se dijo el hombre mientras su cuerpo se estiraba, tendido en la cama. Pero entre los sueños y la soledad de esas jornadas de invierno transcurridas en esa ciudad de la costa, el pensamiento se le había aclarado, ya no tenía dudas. Ninguna. Caminando la otra noche por la peatonal había tomado una decisión y ahora estaba casi contento. Entonces, satisfecho, se acomodó bajo la frazada, sentía mucho frío allí, acostado en la playa desierta. Cuando abrió los ojos el barco ya se había ido, y entonces parpadeó un par de veces y vio primero la bandeja y luego un mozo que se acercaba y que faltaba poco para la hora, ella lo llamaría puntual, debía bajar y avisarle al encargado, estaba decidido a hablar con la mujer más rubia y delgada, a decirle lo que pensaba hacer, y no le pasarían la llamada a la habitación, ésa había sido la orden desde su llegada, así que no había tiempo para perder y no le importó en absoluto que la nena le estuviera sacando la lengua justo en ese instante. El camión lo volvió a pasar a gran velocidad y ya amenazaba la tormenta y él se vistió a las apuradas y comenzó a bajar, eran tres pisos hasta la recepción y no había otra cosa que hacer, solamente bajar, tan fácil bajar, tan fácil, pensaba mientras sus pies se hundían en la alfombra y los payasos se burlaban y el público aplaudía a los payasos, si es apenas una alfombra vieja y gastada, tan verde como ingobernable, por qué me hundo en ella, por qué no puedo avanzar, tan fácil bajar, dejarse ir, como caer, tan sencillo, y sin embargo, quién es usted, de dónde salió, por qué no me deja pasar, pero si yo lo conozco, usted tiene que atender el quiosco y venderme los cigarrillos, váyase. Parpadeó un poco y fue como un conjuro contra el estorbo, que desapareció entre las sombras de ese lugar tan negro. Entonces pudo correr un poco pero un grito surgió del lado de los médanos y lo hizo detener y mirar. Luego siguió, más y más escaleras, y cuando llegó a destino comprendió que era tarde, sí, muy tarde, pues vio al encargado que colgaba el aparato con un movimiento brusco y mientras abría un diario o alguna otra cosa parecida le decía con tono malhumorado, desmentido por la sonrisa, esa mujer estaba muy nerviosa hoy, insistió mucho, demasiado, además llamó antes, sí, un poco antes que las otras noches en que usted no quiso atenderla. El hombre se pasó la mano por el pelo, la mirada extraviada en un no lugar cualquiera, es una locura, ella no puede hacer eso, pensó y deseó estar equivocado o estar viviendo una pesadilla. Sin pedir permiso tomó el teléfono y marcó el número que antes, en los otros tiempos, tantas veces había marcado sin necesidad. Primero fueron cinco o seis las llamadas, y mientras tanto el viento había comenzado a entrar por la ventana abierta, y entonces la muñeca cayó al suelo, más rubia y delgada, desnuda al partirse en dos, una locura, repitió el hombre envuelto en el perfume de la mujer rubia y delgada y en la arena que había comenzado a pegarse a su cuerpo. Luego existieron otras cinco o seis llamadas, y el teléfono siguió sonando.