Ya en su cuarto, Martín se asomó a la ventana y vio unas nubes tan oscuras tan oscuras que le dio un poco de miedo y un poco de bronca. Entonces se puso a dibujar, todos decían que dibujaba bien, muy bien. Primero hizo unos árboles y unas plantas y unas flores, luego un tobogán, y a un lado las hamacas. Cuando se dio cuenta resultó que había dibujado la plaza de ahí en la otra cuadra de su casa. La pintó toda y quedó conforme, contento, otra vez feliz. Se lo iba a mostrar a su mamá y a lo mejor con eso la convencía para que igual lo dejara ir a jugar. Pero enseguida se dio cuenta de que algo le faltaba al dibujo, ¿qué cosa le faltaba? El sol, claro, cómo no se había dado cuenta, le faltaba el sol arriba, y entonces rápido rápido se puso a dibujar un sol amarillo y le salieron sin querer unas nubes grandes y oscuras, muchas nubes así como las de la tormenta en la ventana, y dibujó luego las muchas gotas de lluvia que caían sobre el único habitante de la plaza, un pibe que le salió muy parecido a él, y claro, si era él, cómo no le iba a salir muy parecido. Una lástima la lluvia en la plaza de la otra cuadra, pensó Martín, y una lástima también comprender que ya no le podrá mostrar el dibujo a su mamá, ni a su mamá ni a nadie se lo podrá mostrar, con el papel así, todo mojado.