Esperando a Marcos Al diablo con la siesta, me dije entonces. Serían, qué sé yo, alrededor de las dos de la tarde y sentía un cansancio de los mejores, pero qué carajo me iba a poner a dormir con el ánimo tan por el piso. Ya desde la mañana de ese domingo había sido atrapado por cierta inquietud, una sensación de pérdida, pero de qué, me repetía, de qué, qué otra cosa podía perder yo. En realidad, si lo pienso bien, casi todos los domingos de los últimos tiempos habían sido parecidos, pero esa vez la incertidumbre fue más fuerte, qué sé yo, como si se hubieran amontonado las boludeces que uno se pone a pensar aunque no tenga ganas, que en su momento debí haber seguido el llamado de mi vocación, que las horas en la oficina son de tedio corrido, que uno ya no es un pibe, ni siquiera un muchacho, y está solo como un perro, después de haber pasado, eso sí, por un matrimonio y una aceptable cantidad de mujeres antes durante y después, sin lograr formar una familia como la gente, como la gente dice que se debe formar una familia, claro. Amenazaba con llover de lo lindo y algo de todo esto me puse a pensar esa tarde, cuando asomado a la ventana estuve un largo tiempo mirando el poco de cielo que podía alcanzar desde allí. Había almorzado casi sin ganas y a eso de las tres, ya desechada la posibilidad de la siesta, luego de lavar y secar los platos y dejar todo ordenado, me abrigué bien y salí. El ascensor no demoró demasiado, llegó al quinto piso e hizo el ruido de siempre, ese chirrido ambulante que tanto y tan bien me rompe las pelotas. Subí, dejé que el ascensor hiciera su trabajo y enseguida aparecí en la vereda. Seguía nublado, y entonces pensé, qué sé yo lo que pensé, una selección de las pavadas habituales, seguro. Charlé, qué remedio, siempre está allí y siempre dice, hola, cómo anda el hombre. Así suele manifestar su presencia el portero del edificio, que se empecina en contar historias de los habitantes del edificio, pero qué carajo pueden importarme esas historias, eso tendría que decirle alguna vez al pelado. Eso. La cuestión es que cuando pude zafar del portero, que con su conversación no había logrado otra cosa que aumentar mi fastidio, me dediqué a caminar por el barrio. Muy pocas sorpresas podía depararme el recorrido, ninguna en realidad, resultaba todo tan conocido, tantas veces había caminado por allí, años y años de ver siempre lo mismo, o casi, apenas algún cambio en alguna fachada, algún color renovado, poca cosa. Sí, demasiado tiempo, pensé, y entonces yo bien podría llamarme, qué sé yo, cuarenta y tres años al pedo, por ejemplo, o Sergio Quiroga, como dicen mis documentos, o maniático del orden y la limpieza, como opinan sin exagerar los que me conocen. En todo caso y ya yendo a lo fundamental de mi personalidad, un fracasado con todas las de la ley y al que unas pocas cuadras de caminata a paso lento le sirvieron, no para adivinar lo que desde esa mañana bien temprano intuía a punto de perder, sino para comprobar que aunque amenazara tormenta había personas en las plazas, pibes jugando por ahí y riendo por todos lados, muchachos fumando en las esquinas, parejas abrazadas jurándose no cambiar nunca. En fin. Una vez comprobados estos hechos, revitalizada mi melancolía, volví para el departamento.

La inquietud persistía. Algo cansado, colgué el abrigo en el perchero. Enderecé el cuadro en la pared, aun sabiendo que al rato volvería a desacomodarse y yo volvería a enderezarlo. Repetí la escena de asomarme a la ventana, noté la tarde más negra. Con una puteada sin destinatario concreto la cerré y fui para la sala eternamente oscura, la oscura y pequeña sala de mierda que supe conseguir gracias a mi culo apoyado en la silla de la oficina. Después de un rato sentado en el sillón se me dio por consultar la revista del cable, a ver qué película daban los turros estos que siempre dan la misma porquería de siempre. Creo que la abrí por abrirla, de aburrido nomás. Y sin embargo. Al abrirla. No podía creerlo, pero ahí estaba escrito. Revisé un par de veces la fecha, qué sé yo, por las dudas, parecía increíble, no sé, rara la suerte en mí. Confirmado, che. Ahí figuraba el título. Hacía mucho que quería verla y me alegré por el hallazgo, encima estaba por empezar en pocos minutos y eso me alegró por partida doble. Después de todo, pensé, tal vez el domingo no fuera a resultar como los anteriores, y además, y aquí ya salté de alegría, qué cabeza la mía, qué enorme pelotudo había resultado ser, casi lo había olvidado y hubiera sido imperdonable. Porque. Sí. Esa noche llegaría Elsa. Nada menos. A Elsa la conocí cuando empezó a trabajar en la empresa y poco a poco me fui enamorando de ella, qué sé yo, tal vez porque no parece ser como las otras que tuve a manos llenas y por eso quizás me cuesta tanto acercarme, nada que ver con esas atorrantas que antes venían de a dos a tocar el timbre y ahora ni se asoman. Una mina fina Elsa, no, un momento, una mina no, boludo, hablá bien por una vez en tu vida y decí que Elsa es una mujer con todas las letras y que volvería en pocas horas del viaje emprendido por motivos de trabajo y a la que le había prometido ir a esperarla al aeropuerto. Recuerdo que, cuando le propuse la idea, ella primero se negó haciendo mohines, alegó que sus padres podrían encargarse, que no quería causar molestias, que yo no tenía coche y que muchas gracias pero que era muy lejos su casa, que para qué y todas esas cosas que se suelen decir. Pero no me di por vencido. Eso nunca. Le mentí para convencerla. Eso siempre. Por eso le dije que un amigo me iba a prestar su auto, que él siempre accedía de buena gana cuando se lo pedía, y que no era para mí una molestia, que no, que al contrario, qué capo, qué hijo de puta soy cuando una mujer me gusta. Luego de tanto insistir, ella aceptó y ahora, qué remedio, tendría que tomar un taxi o un remis para cumplir con la promesa, pero Elsita vale mucho más que esos pesos que tendría que gastar y yo necesito un cambio, pensé. Un cambio, claro que sí, no puedo seguir siendo el que soy y alguna vez debe suceder, me dije. Tal vez había sido éste el motivo de mi inquietud anterior, tan fuerte todo ese domingo. Si hasta había olvidado lo del aeropuerto y algo adentro mío logró alertarme, qué lo parió con los juegos de la mente humana.

Entusiasmado por el giro que había tomado la tarde, de pronto contento, qué sé yo, casi feliz, me dispuse a disfrutar de la película con un vaso de agua fresca a mano. Prendí el televisor y enseguida comenzaron a aparecer los títulos, con la silueta de mi actor preferido desapareciendo entre una espesa niebla, esfumándose, y luego apareciendo de una manera distinta a lo previsible. Qué bárbaro este tipo. Y ya no quise pensar en otra cosa, nada más que la intriga y la acción de esos personajes que imaginaba tan vitales, tan valientes, seres alejados de las oficinas, seres sin lunes. Me sumergí en la trama hasta que sonó el teléfono y la puta madre que te parió. Poco después de contestar, mientras escuchaba y trataba de entender lo que el otro decía, en la pantalla dio comienzo el corte publicitario y comenzaron los avisos, menos mal, que si no.

Cuando el que había llamado terminó de hablar y cortó, me quedé con el tubo en la mano y una nueva puteada en la boca. Porque. A ver. Quién carajo sería ese rompe bolas que me había interrumpido en lo más interesante de la película. Y peor aun, por qué mierda después me empeciné tanto en recordar sus palabras.

Que estaba todo arreglado, dijo, que iba a ser mi gran oportunidad, que escuchara sin decir nada, atorrante, sí, me había dicho atorrante a mí el muy hijo de puta. Bah, en realidad no, no a mí, qué sé yo a quién. También dijo que lo había conseguido y que me dejara de dar excusas. Que le había costado un huevo pero lo había logrado, que lo había convencido al petiso y que ahora yo no le podía fallar, que él se había jugado por mí al proponer mi nombre, que me esperaba mañana a las nueve en punto, que ya no quería repetir lo que había dicho la noche anterior en el bar, que pensaba que no hacía falta. Y que me cuidara, que le hiciera caso por una vez en la vida, que podía hacerlo, que yo era el único que podía hacerlo. Que a las nueve en punto, entonces, che, y sin excusas. Y que chau.

El hombre de la voz imperiosa cortó sin que yo pudiera atinar a decir nada. Palabra más, palabra menos, eso había sido todo. Ah, no, pará un poco, eso no había sido todo, enseguida me di cuenta de que un detalle importante se me estaba escapando. Porque. El tipo había mencionado también un nombre. Qué nombre había dicho el turro, sí, creo que lo mencionó un par de veces. Bah, tan importante no es, me dije, qué me puede importar a mí el nombre del otro, un desconocido que estarían esperando en algún lugar bien al pedo al otro día a las nueve de la mañana, o sería tal vez a las nueve de la noche, no, no, a la mañana me pareció lo más probable, qué sé yo por qué, en fin, no era mi problema, qué carajo ni qué ocho cuartos, si yo sólo pretendía que nadie me volviera a molestar, si yo estaba lo más tranquilo viendo un peliculón muy emocionante y eso iba a seguir haciendo, tenía derecho a un poco de distracción, ya se vendría el desenlace con su promesa de acción a gran velocidad con explosiones, y era domingo por la tarde, esa habitual mierda de domingo por la tarde por una vez transformado en algo diferente, lo estaba pasando bien y Elsa era una posibilidad al alcance de la mano, en unas horas apenas. En la pantalla, por suerte, la tanda publicitaria continuaba, un remoto culo de mujer en la tapa de una revista, un nuevo modelo de una vieja marca de autos, una línea de ropa que yo no usaría jamás. Pero no hubo caso. Hice un esfuerzo supremo por recordar el nombre, me sentí más pelotudo que nunca, pero por alguna razón me parecía importante, fundamental, como si mi futuro dependiera de ello, como si el recordarlo significara un cambio en mi vida. Una locura, claro, pero por qué me obsesionaba tanto ese nombre, por qué no podía por qué no cuál nombre acaso yo ese nombre por quién quería qué el cosa quería él, ah, sí. En fin. Qué. ¿Yo? Sí. Al fin lo había recordado, o creí recordarlo, no estaba seguro, ya casi lo tenía, pero una puntada en el costado, eso sentí, me parece, y todo daba vueltas a mi alrededor cuando escuché, sí, ahora sí, claramente mi nombre estallar en la cabeza. Fue muy extraño lo que pasó, con mis pensamientos envueltos en una niebla turbulenta. Por unos instantes no supe quién era yo, dónde estaba, a qué venía, cómo a qué venía. Y al rato, luego de luchar conmigo mismo o con no sé quién, creí comprender. Aunque. No sé. Pero sí, poco a poco mi cabeza se fue aclarando. Después de tanto tiempo sumergido en el olvido, alguien había acudido a mi rescate. Entonces fue como abrir los ojos y recibir un sacudón, y luego de parpadear contemplé el lugar que me pareció extrañamente desconocido y a la vez familiar. Una sala no muy grande, con poca luz, bastante agradable. Ese cuadro algo torcido, los adornos, todo tan limpio, tan puesto en su sitio. Advertí el tubo del teléfono en mi mano y colgué. Me levanté, caminé unos pasos y apagué el televisor. Aún sumido en una vaga confusión, un poco de jazz, deseé con fervor, sí, algo de jazz tradicional, eso estaría bueno, Duke Ellington por ejemplo, o Benny Goodman, por qué no. Con entusiasmo revisé la discoteca, una buena colección de discos compactos. Me costó aceptarlo, resultaba increíble y sin embargo tuve que admitir el hecho de no poder encontrar ni uno de jazz, cómo puede ser, acaso se los habré prestado a alguien, me pregunté sin lograr una respuesta, culpa tal vez de mi cerebro que no lograba funcionar con claridad. Miré alrededor y la vi en un estante, me acerqué y prendí la radio, alguien anunciaba el pronóstico de lo que vendría, no tenía interés en eso, y menos en las noticias de lo ya convertido en pasado, entonces busqué y busqué, recorrí el dial de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, seguí buscando, no puede ser, che, qué desastre, pensé, y de pronto escuché un saxo que sonaba como los dioses, ah, bueno, esto está muy bien, me dije. Ubiqué la sintonía lo mejor posible y subí el volumen. Las ganas de tomar un par de whiskys también subieron. Me dirigí al bar y descubrí algunas copas, una botella de anís sin empezar, media de vermouth, y un par de vinos. Me reproché, siempre debería guardar una de whisky. Entonces, ya dispuesto a salir, observé un abrigo en el perchero, pero a mí no me gusta abrigarme, más bien todo lo contrario. Las llaves, debía buscarlas, dónde estarían las llaves, en los bolsillos del pantalón tal vez. No, ahí no. Demoré en ubicarlas, también, cómo se me había ocurrido dejarlas en ese sitio, nunca más ahí. La puerta se resistió un poco, una falla en la cerradura quizás. Bajé por la escalera, conté los pisos, cinco, y mientras tanto tarareaba la melodía, ese saxo en mi cabeza, Charlie Parker sin dudas, quién otro podría tocar así, sangrando en cada nota. Llegué a la vereda, había llovido. Dudé, miré hacia ambos lados, parecía un chico de primera vez sin su madre. Crucé la calle, avancé hacia la esquina más cercana y allí me detuve, observé los negocios de los alrededores, retrocedí, me acerqué al cordón, venían unos autos, y luego una camioneta, listo, volví a cruzar, caminé y a las dos cuadras y media hallé una casa de música. Revisé las bateas, así soy yo, me gusta curiosear cuando descubro un nuevo sitio para hacerlo, hay tanta buena música en el mundo, tanto para elegir. A mis espaldas, no muy lejos, lo habitual, unas chicas cuchicheaban. Elegí varios compactos y los separé deseando que ellas no se acercaran, no, hoy no, por favor, otro día podría ser. Finalmente opté por dos y los compré. Algo de las grandes bandas, lo que quería escuchar esa tarde con nubarrones. De nuevo en la calle, tuve suerte, justo al lado de la disquería conseguí el whisky, mi marca preferida. Decidí dar una vuelta, caminar por el barrio, disfrutar de ese crepúsculo del otoño a punto de comenzar, habituarme a ese paisaje novedoso para mí, no acostumbrado a esa parte de la ciudad. Una mujer interrumpió mi andar, me paró y con una sonrisa dijo pero qué alegría encontrarlo, anda medio perdido en los últimos tiempos, ya casi no se lo ve, a ver si se lo ve más seguido. Muchas gracias, señora, sí, cómo no, con mucho gusto, le dije y después me alejé, satisfecho, por qué negarlo. Pasé frente a una librería y, como respondiendo a un impulso, entré. El vendedor saludó con entusiasmo, quiso saber cómo andaba yo. Bien, bien, le dije, creo. Elegí un libro, una obra de teatro, claro. Llevo éste, le dije al vendedor que agradeció varias veces e intentó insertar algunas anécdotas de su vida, medio pesado el hombre. Logré desprenderme y apuré el paso. Paré en un quiosco, cigarrillos, por supuesto, los infaltables cigarrillos negros, aunque, en fin, por las dudas los llevé nomás. Volví a apurarme y aparecí frente al edificio, subí los cinco pisos por la escalera, llegué bastante agitado, casi no podía respirar cuando abrí la puerta. Descansé un poco mientras trataba de habituarme al olor y la apariencia del lugar. Quise saber si alguien había llamado. Y sí. Varios mensajes en el contestador, tres, a dos los escuché halagado, más o menos decían lo mismo, mucha merde para mañana; el del medio resultó incomprensible, tal vez no fuera para mí, número equivocado, esas cosas suelen pasar. Hice las anotaciones correspondientes, no debía fiarme de mi memoria. Luego, apagué la radio y puse uno de los compactos, el sonido ocupó el lugar y bien pronto decidí que me gustaba, una maravillosa melodía para revivir un pasado que ya no retornaría. Abrí la botella pero enseguida recordé el llamado de mi amigo y su propuesta actual y los tantos consejos y recomendaciones, entonces me serví un poco, apenas un poco, y tapé la botella y la guardé. Observé los cigarrillos sobre la mesa. Me recosté en el sillón. No fumé.

Había escuchado con placer. Busqué el reloj, miré la hora, diez de la noche un poco pasadas, de algo me estaba olvidando, eso creí en ese momento aunque sin preocuparme demasiado. Una cierta modorra retuvo mi cuerpo en el sillón. Pasaron unos instantes y sonó el teléfono. Atendí, dije apenas hola y escuché a la voz del otro lado. Eso hice, escucharla nomás. Al cortar pensé en la que había hablado, traté de imaginarla. No me costó demasiado, joven, probablemente bella, y nerviosa, eso sí, muy nerviosa y enojada. Tan enojada esa mujer que ni me dejó hablar, hubiera querido explicarle a la pobre algo acerca de su confusión, yo no era quien ella pensaba, se había equivocado de número quizás. Podría haberle mencionado como al pasar el largo tiempo sin motivos para ir a un aeropuerto, que reconocía mi informalidad habitual pero no merecía los insultos, al menos no esta vez, que no había concertado ningún encuentro para esa noche, ni con ella ni con nadie. Seguro que no. O más o menos seguro. En realidad, debí reconocerlo, mi vida había sido bastante complicada durante los últimos tiempos, bastante desorden tenía en mi cabeza que demoraba en acomodarse, por cierto que sí.

Hubiera querido disfrutar del otro compacto, pero era domingo y era la noche y al otro día sería el lunes tan esperado, tan temido también, por eso apagué el equipo. Debía descansar. Antes, eso sí, una buena ducha. La ducha se prolongó, el aroma del jabón no me satisfizo pero igual gocé con el agua bien caliente bajando por mi cuerpo, sentí cada gota en cada poro. Cuando terminé, todo bien, yo puedo hacerlo, tengo que poder, le dije a mi imagen en el espejo, intentando convencerla y convencerme, lográndolo a medias, demorando el momento de secarme. Y al hacerlo decidí cambiar esas toallas lo antes posible.

Ya en la habitación, observé el pijama en la silla, bien gris y bien doblado. Me acosté desnudo, boca arriba, no tenía frío, nunca tengo frío. Y de pronto me acordé, debía poner el despertador en hora. Mientras lo hacía descubrí cierta inquietud en mi ánimo, ah, caramba, las pastillas, por cierto que sí, debía buscar las pastillas, no recordaba donde las había guardado, en la mesita de luz no estaban, en el baño entonces, en el botiquín, claro, ahí suelo guardarlas. Nada. No hallé tampoco en el botiquín las pastillas buscadas, había otras pero las necesarias para dormir no daban señales de vida, seguramente había olvidado comprarlas. Algo fastidiado, volví a la cama. Al rato, a pesar de la jornada tan rara y de la ansiedad por lo que tendría que afrontar al día siguiente, sin ayuda externa, me dormí.

Cuando sonó el despertador, sorprendido de estar donde creía estar, sufrí un momento de desorientación, como si otro tironeara dentro de mí, no sé, como si hubiera alguien más en la habitación. Encendí la luz y poco a poco fui recuperando el orden dentro de mí. El orden mental, por decirlo así. Muy poco a poco.

Ya despabilado, pegué un salto y arranqué. Y de nuevo a la ducha, más rápida ahora. Después, ya en la cocina, sentí ganas de un café, pero busqué y busqué y no encontré y se hacía tarde. Comencé el operativo vestimenta adecuada. Al ponerme las medias, las negras que dan suerte, recordé haber soñado con hombres y mujeres saludando con las manos, pero, ¿a quién saludaban?, ¿a mí?, ¿se despedían?, ¿de quién?, hum, no sé, no sé, qué maraña de imágenes apareciendo y desapareciendo, si me hubieran preguntado no hubiera logrado asegurar si aguardaban mi llegada o si me decían adiós, las dos cosas tal vez, o ninguna, son tan raros los sueños, con sus caras a veces tan desconocidas y sin embargo familiares, esos gestos extraños, qué se le va a hacer, así son los sueños. Terminé de vestirme y quizás por instinto caminé hacia el bar, abrí la botella de whisky, dudé unos instantes, me serví un poco, bebí con lentitud una parte y dejé el resto. Eché una mirada al departamento, no había quedado muy presentable que digamos, y salí.

Un hombre barría la vereda, lo saludé y me miró con un gesto vago, alzó la mano y dijo buen día o cómo anda o algo así. Lo dejé sin mayores remordimientos. Yo siempre con el tiempo justo, nunca voy a cambiar, pensé al mirar el reloj. Llegué a la parada del colectivo, un taxi se acercaba, resolví que sí y le hice una seña. El taxi se detuvo unos metros más adelante. Subí e indiqué la dirección. El conductor observaba por el espejito, buscaba mi complicidad, seguro, pero yo no tenía ganas de hablar con nadie, no justo ese día del regreso. Algo tenso, miré a través de la ventanilla, intenté distraerme, relajarme. Afuera lloviznaba. Así fue el viaje en taxi.

Entré y a los pocos pasos recibí el primer apretón de manos. Recorrí los pasillos, los distintos decorados, algunos todavía a medio terminar, y los cables y las luces y las cámaras, y había tanta gente allí, algunos me saludaron, alguien gritó mi nombre y agregó buena suerte. Levanté el brazo y sin detenerme lo saludé a la distancia. Se me cruzó de repente el gordo Ojeda y no pude creer lo que veía, estaba más gordo que antes, qué loco sin límites. Y sí. Disfruté esos instantes de recuperar ese olor, de respirar ese ambiente, de sumergirme ahí adentro. El gallego, cuánto hacía que no lo veía y ahí lo tenía de nuevo, igual que siempre, todo un personaje el gallego, que me acompañó hasta el set donde me esperaban. Algunos aplaudieron y mi amigo se acercó y me dio un gran abrazo y dijo con una gran sonrisa.

–Así me gusta, atorrante, tempranito y, por lo que parece, sobrio para comenzar los ensayos. El petiso todavía no llegó, ¿sabés? Como te dije ayer por teléfono, es tu gran oportunidad y yo me jugué por vos, cuando te propuse el petiso se agarraba la cabeza. Pero todo esto ya te lo conté. Ya lo vas a ver, vas a ser el regreso del año, el cine argentino necesita transitar el género fantástico, ¿sabés?, y la película va a ser un éxito, acordate de lo que te digo hoy. Además, vos precisabas un cambio y este va a ser el papel de tu vida. Vení, vamos a conversar un rato en el bar, estarás inquieto, impaciente por saber sobre tu personaje.

Entonces, ya en el bar, pasó a contarme, él se mostraba entusiasmado y a medida que contaba una sensación de nostalgia comenzó a embargar mi ánimo, como si una parte de mi ser se estuviera yendo al carajo, bien a la mierda, y me sentí raro, qué sé yo, como perdiéndome en alguna parte. Porque. Mientras no dejaba de sonreír y gesticular, mi amigo dijo que yo iba a ser un cuarentón, simple, rutinario empleado de oficina, como tantos, y también divorciado, medio tiro al aire con las mujeres, y que siente que la vida se le está pasando de largo, ¿entendés?, y la acción va a comenzar durante un domingo en el que hubieras tenido que ir hasta al aeropuerto, por la noche, a buscar a una compañera de trabajo de la que justo te estabas enamorando. Y acá empieza lo interesante, lo verdaderamente interesante, ¿sabés?, porque mientras este tal Sergio Quiroga mira una película por televisión, un llamado equivocado va a darle un giro inesperado a la historia.