Hospital, Cambio y Fuera Esa noche, luego de cenar Florencio devolvió, y como ya había devuelto el carné de la Obra Social cuando lo echaron del trabajo, decidió concurrir a un hospital para hacerse atender. Mañana sin falta voy, bien tempranito. Quién, pensó mientras con alguna dificultad se enjuagaba la boca y reconocía que el sabor de la acidez se perfilaba francamente asqueroso, sí, quién tendría mayor derecho que él, que había cursado allá por sus mocedades cinco o seis materias en la Facultad justamente de Medicina, hasta que la visión de la primera gota de sangre ajena lo hizo abandonar a pesar de las buenas o más que buenas calificaciones obtenidas hasta la ocasión del infausto encuentro con la gotita roja.

También esa noche, pero más tarde, le costó mucho conciliar el sueño. Dio vueltas y vueltas y vueltas en la parte superior de la cama, con la almohada así, no, así no, mejor al revés, eso, doblarla, retorcerla, ahora estirarla, volver por unos instantes a la posición original, tal vez desecharla, o cambiarla, por qué habría tirado la vieja. Una intuición se le había encajado en el cerebro, en alguna parte del cerebro no muy frecuentada, no se animó a retrucarla y le dio mucho trabajo asignarle una identificación, tenía la intuición de una intuición y eso lo indispuso para el buen dormir, así que no durmió en absoluto.

Al día siguiente Florencio subió a un colectivo, viajó sentado, dormitó un poco, bajó y se presentó temprano en el hospital más próximo. Tenía aprendido de oídas lo conveniente que resultaba madrugar con los ojos abiertos para arrimarse con algún éxito al tal lugar conocido también como nosocomio, una palabra horrible por donde se la mire, reconoció. Dejó en la vereda, junto a un árbol medio inclinado, la primera impresión que el edificio le había causado y enseguida se arrimó a lo que le pareció la mejor opción a la vista, ya que estaba resuelto a entrar encaró hacia la Mesa de Entradas. La señora o señorita, (por las dudas la llamó señorita) fumadora, ancha, rubia, teñida tal vez, le dijo no le veo buena cara a usted, me preocupa que hasta ahora no haya venido nunca por acá, y luego de una pausa con humo incluido, le preguntó qué le pasaba.

–Devolví.

–Ya me parecía, no por nada estoy aquí, llevo una punta de años sentada siempre en esta misma silla, ya no quiere más la pobre. Mire, haga una cosa, llene una ficha de las que hay por todas partes, creo que está pisando una, después me la trae con los dedos y se pone en la cuarta fila contando desde acá, es la de los devolvedores y gracias a mí desde la semana pasada se forma al lado de los baños. Ahí le van a dar un número, si lo juega y gana me corresponde el 10%. Si no gana es gratis, solamente un bono contribución que puede comprar ahora o a la salida cuando salga.

–Le agradezco en nombre de mis pares. El bono lo retiro a la salida.

–Es a voluntá.

Florencio se ubicó en la cola indicada y, a falta de sillón rojo, esperó parado. Al rato tuvo la impresión de que le venía una arcada, ojo, guarda al piojo, me parece que ahí viene de nuevo y al galope, pero no, podía quedarse tranquilo, la arcada no le pertenecía, o mejor dicho, no le pertenecía originalmente. La dueña, una mujer arribada al lugar un ratito después que él, se había ubicado justo detrás pero no muy lejos de su campera color marrón claro, ay, tan limpita hasta ese incidente. A partir del mismo lucía un notorio y llamativo y maloliente destino de tintorería.

A Florencio el percance no lo amilanó, yo de acá no me muevo ni por todo el asco del mundo, le dijo a la mujer que a lo mejor lo escuchó porque ya no vomitaba tanto, o vomitaba otro sabor más exótico. Las cinco o seis materias rendidas con gran éxito lo avalaban y a esa altura de la mañana ya había decidido quedarse allí. Se reprochó el haber sido tan flojo cuando estudiante. Después de todo, si lo pensaba bien, la gota de sangre no había resultado tan enorme, hasta los mismos compañeros de entonces se lo dijeron, pero che, no seas salame, si se notaba como una gotita de mierda y ya se la llevaron a la morgue. Pero no hubo marcha atrás. Trató de recordar con mayor entusiasmo, no habrían sido acaso siete las materias aprobadas, acaso ocho, qué lindo sería si hubieran sido ocho, en fin, no podía asegurarlo, de lo que sí estaba seguro es de que siempre le había gustado la medicina y ahora, perdido el empleo, se le antojaba una posibilidad interesante. Eso mismo o algo parecido había pensado esa mañana mientras viajaba, la indiferencia del pasaje para con él lo hizo meditar en que los médicos no solían viajar en colectivo, y si por casualidad alguno lo hiciera sería mirado con admiración, respeto y hasta con temor, pues así se los observa en todo momento. Y pensando en esas cuestiones de aquí y de allá, le llegó el turno y entró en el consultorio. Estaba bueno el lugar, lindo, che, bastante lindo como para empezar, y qué hora sería, se preguntó, no parecía haber pasado mucho tiempo y le pareció un dato importante, lástima no haber traído un reloj y que el de la pared no funcionara, pues no amenazaba ser un día más en la vida de Florencio. No, para nada. Lo impresionaron de entrada los diplomas, con nombres y especialidades distintos, ya vería cómo arreglar el tema, porque nunca fui de compartir demasiado. Otro problema a solucionar: el sujeto ya a punto de atenderlo, apenas dejara de consultar la ficha del paciente anterior, según le había dicho sin levantar la vista. Aprovechó a observarlo. Lo notó más alto y grueso comparado con él, pero enseguida minimizó el inconveniente, no debía dejarse ganar por el pesimismo. Sin opinión formada, la voz del otro le resultó agradable sin exagerar cuando la escuchó.

–Qué lo trae por acá.

–Devolví.

–Ajá. Devolvió. Espere que anoto. Y qué devolvió.

–El carné de la Obra Social.

–Ajá. Carné de la Obra Social. Bien. Cuándo fue eso.

–Cuando me echaron del trabajo, hace tres semanas más o menos.

–Y por qué no vino antes, enseguida debería haber venido, o acaso usted es de los que desconfían de las bondades del hospital público.

–No, al contrario. Pero usted sabe como somos los pacientes, al principio tratamos de convencernos de que se trata de una pavada, de que ya se nos va a pasar sin dejar secuelas.

–Nunca fui paciente, así que no sé.

–Qué pena, no sabe cuánto lo lamento. Y desde cuándo es médico.

–Me recibí hace justo veinte años.

–Veinte años no es nada.

–No me venga con filosofía tanguera.

–A lo mejor estudiamos juntos.

–No me diga que usted es médico.

–Casi.

–Espere que anoto. Casi médico. Pero vea qué interesante.

–Arrastro la vergüenza de poder haber sido y el dolor de no serlo, todavía.

–Ya le dije, no me gusta el tango.

–Pero es la verdad. La vida es un tango. Hoy un juramento hipocrático, mañana una traición.

–Tal vez tenga razón. Las horas que pasan ya no vuelven más. Como le dije, ya llevo veinte años como médico y cero coma cero como paciente.

–No se desespere, nunca es tarde para empezar. Y usted no es viejo para nada.

–No me haga ilusionar.

–Condiciones no le deben faltar, y se lo nota voluntarioso.

–Usted es buen observador, se nota que conoce a las personas. Si algo conseguí en la vida fue a base de una voluntad a toda prueba.

–Es lo que le digo.

–Pero...

–Sí, dígame.

–Le confieso algo, es un secreto y quiero que quede entre nosotros.

–Tiene mi palabra.

–Me gustaría saber qué se siente del otro lado.

–Paso a comentarle, pero también le pido discreción.

–Cuente con ella.

–Mire, cuando un paciente entra al consultorio de un médico cualquiera, lo recorren varios tipos de sensaciones.

–Siga, siga, por favor. De qué sensaciones me habla.

–Por un lado el temor y por otro la esperanza, y más allá la intriga y la ansiedad reprimida, y en un costado la inquietud y el miedo. Son muchas cosas todas juntas.

–Dele, siga, no se detenga.

–Oímos lo que nos dice con un respeto sagrado, el escritorio del médico es un altar y la camilla el confesionario donde ya nada podemos ocultar, donde nos entregamos a las manos del Altísimo, que todo lo ve y todo lo juzga.

–Qué emocionante.

–Y la palabra del médico es la última, la definitiva, representa el veredicto que nos salvará o que nos condenará sin esperanzas de redención.

–Continúe, continúe.

–Le podría seguir hablando durante horas, pero no hay nada mejor ni más positivo que experimentarlo en la propia carne.

–Así sea.

–Quítese la ropa. Acuéstese en la camilla. Boca arriba.

Florencio se colocó el uniforme que el otro se había quitado, enseguida se ajustó a su cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Después de carraspear a lo galeno, dijo bueno, bueno, a ver qué tenemos aquí, por empezar estamos un poco gorditos, eh, hay que aflojar con las comidas, eh, y a continuación comenzó la revisión del cuerpo ajeno. El pulso y la presión parecían estar bastante bien, al menos ése era su deseo, por qué le iba a desear otra cosa al pobre hombre indefenso. Estirado sobre la camilla, tan desnudo. Con el estetoscopio no se animó, se enredó un poco con el cable y ya tendría tiempo en un futuro promisorio. Y con los otros aparatos tan desconocidos, menos que menos. Mañana será otro día, murmuró un segundo antes de seguir con la rutina.

–A ver, diga cuarenta y cuatro.

–No, je, je, treinta y tres.

–Quién es el facultativo acá, usted no tiene idea de las materias que aprobé en mis años mozos mientras usted ni siquiera había nacido.

–Disculpe doctor, no quise incomodarlo. Cuarenta y cuatro.

–Así me gusta. Pero suena bastante mal la cosa esta. Dígame la verdad, cuántos cigarrillos fuma por día.

–Yo no fumo, doctor, nunca fumé.

–Entonces arrancamos desde mañana con cuatro o cinco, y cada día vamos sumando uno, y así hasta llegar al último.

–Bárbaro, me moría por fumar.

–Está bien, ahora vístase.

Florencio ocupó su lugar, abrió los cajones del escritorio, revisó algunos papeles y encontró el recetario. Enseguida se dedicó a convertir su letra en ilegible para cualquiera. Mientras tanto, el otro se había vestido y esperaba.

–Siéntese, mi amigo, siéntese.

–Gracias, doctor.

–Mire, vamos a hacer unos análisis. Epa, qué cara, che, ni que le hubiera dicho cómprese un nicho. Me salió en versito. No, nada de qué preocuparse. Es la rutina. Lo comprendo porque es su primer día como paciente.

–Pero, dígame cómo me encontró, doctor. Estoy preocupado, hace mucho tiempo que no ando bien y usted ni siquiera me preguntó qué parte duele y a mí me duele todo.

–No sea impaciente. Se me hace los análisis, se los puede hacer acá mismo, en el hospital, es completamente gratis, solamente el bono contribución que, no se me vaya a olvidar, debe abonar a la salida. Ah, y tome el numerito que me dieron, por si lo quiere jugar y compartir el premio con la señorita de Mesa de Entradas.

–Muchas gracias, doctor. No tengo palabras para agradecerle.

–Vaya tranquilo.

–Una última pregunta, si no es mucha molestia. Por qué no me da algún remedio, alguna pastillita, una pomada, un supositorio al menos.

–Vaya tranquilo le dije, usted está hecho un roble, solamente necesita descansar un poco. Tómese unas largas y merecidas vacaciones. Pero no deje de hacerse los análisis con dos o tres jornadas de ayuno, eh.

–Sí, sí. Gracias, gracias. Buenos días, doctor. Dios lo bendiga.

El flamante paciente salió y cerró la puerta.

–Uf.

La expresión satisfecha del que recién se había retirado se reencarnó en la mirada esperanzada de la mujer que entró enseguida, sí, en efecto, la que le había vomitado la campera, pero Florencio por suerte había tenido unos padres cariñosos a pesar de la pobreza que los embargaba y no conocía el rencor, por ese motivo la revisó apenas un poco, no, no hace falta que se saque la ropa, le digo que no, abuela, no, deje así, quédese como está, con todo puesto. Al final, no le diagnosticó ningún mal incurable, ni se le pasó por la cabeza. Si hasta le dio unas muestras gratis de diferentes medicamentos, mire, acá tengo un montón de cajitas, lléveselas. El armario que estaba lleno quedó de pronto vacío. La mujer se marchó contenta, su cuerpo doblado por el peso de la carga que transportaba.

Por suerte, luego no tuvo que atender más pacientes. Recorrió el lugar con la mirada, hizo gestos de aceptación y de duda y al final decidió que después de todo no se veía tan mal el sitio conseguido. Para empezar, está bien, no me puedo quejar, y en todo caso, si me quejo será otro día. Con ese ánimo se dispuso a transcurrir con placidez los siguientes diez minutos, necesitaba relajarse, dónde se podrá conseguir un té aquí, pero en medio del tercer minuto el teléfono se introdujo en la escena. Sonó algo fuerte para su gusto, eso lo arreglaría más adelante, en ese momento se limitó a atender y a escuchar la voz de una enfermera.

–Doctor Florencio, surgió una operación urgente, es un caso con complicaciones y por eso lo necesitamos a usted, es el único capacitado para la emergencia.

–Está bien, voy para allá, que nadie toque nada.

Entró al baño y orinó con satisfacción mientras se preguntaba en qué parte de qué piso estaría ubicado el quirófano. A no desesperar, ya se iría familiarizando, el hospital parecía grande y caminar un poco le vendría bien, algo nervioso se encontraba, por cierto. Luego se lavó bien las manos, con mucho jabón varias veces, un rato largo.

–Esto lo aprendí de las películas –dijo.