Al séptimo día
Mi mundo está acabado, dijo. Enseguida pensó, con un dejo de satisfacción, que por única vez en su vida, la siesta de los domingos estaría justificada. Así que se acostó nomás. Pero no logró conciliar el sueño. Abandonó la cama. Se asomó a una de las ventanas y vio lo que había hecho. Entonces abrió bien grandes los ojos y así continúa, con los ojos abiertos, inmóvil, en silencio.
Embragar
El buen señor, luego de rascarse la cabeza durante un rato, se dispuso a manejar su propio auto e intentó embragar y poner primera tal como le habían explicado, esa misma mañana, un par de amigos fugaces. En medio de la operación, el auto comenzó a dar un montón de saltitos y, a partir de un instante medio impreciso que no quedó registrado en ninguna parte, mientras el supuesto conductor pensaba en una rana cualquiera y después en un canguro determinado, el motor del vehículo comenzó a caer en una zona de silencio. Así y todo, sin su ruido, con el horizonte subiendo y bajando, con el limpiaparabrisas puesto a funcionar de manera misteriosa, el dúo de auto y chofer llegó a la estación de servicio más próxima. Ya allí, una vez estacionado contra uno de los surtidores, dos o tres testigos del arribo a los tumbos, lo sacaron de adentro, lo palmearon de lo lindo al señor y le auguraron un sin fin de tropiezos semejantes, si es que no se avenía a cumplir con las reglas del buen conducir, que por cierto hasta ese momento no habían incluido, durante esa experiencia de menos de un día, el arte de embragar.
De pibas y olores
Para esa piba, nacida en un suburbio de malos olores, resultaba inimaginable una vida diferente, una vida con aroma a perfume francés, como le dijo una tarde una amiga en una esquina. Claro, la otra sabía, era más grande que ella, con mayor experiencia sobre los hombres y sus placeres. Así que entonces, a partir de esa charla y luego de una campaña de ablandamiento, la pequeña, quizás en un estado de embeleso producto del resfrío que la afectaba, abandonó la zona detrás de la más grande, con un aire de desconfianza que ya no la abandonaría y que la ha convertido, ahora, luego de algunos meses de su partida, en una celebridad más que nada horizontal, aunque sus contorsiones también son motivo de elogios. De todas formas, la ex piba, cuando se queda por un ratito a solas, frunce la nariz y recupera los malos olores que alegraron su infancia.
Fin de fiesta
La otra noche, casi al final de una fiesta medio fuera de foco, me tocó bailar con una señorita obesa, una chica gordita, bah.
Mientras bailábamos, ella se mostró muy inteligente, contó de sus miedos y angustias, de sus alegrías y decepciones, de sus ganas de que los demás la aceptaran así como era. Al parecer, la cuestión de la discriminación por su figura la molestaba bastante, pero únicamente si ésta se originaba en la actitud de un hombre que le interesaba como tal. Los demás, dijo, ni fu ni fa.
Poco después del comienzo de mi amor, según pude percibir por unos golpecitos en el corazón, nos fuimos a sentar.
Después de una pausa llena de miradas cruzadas, mientras la música hacía su trabajo de poner sensibles a las personas, cuando mi imaginación había viajado hacia una cama compartida, ella interrumpió el silencio. Dijo que no me preocupara, que hablara tranquilo, que yo podía decirle cualquier cosa y tratarla como quisiera.
Cepillo
La otra tarde, mientras paseaba por una plaza, encontré un cepillo de dientes. Lo levanté y, en lo que a sentimientos se refiere, me dejé guiar por su forma y su color. Comencé a acariciarlo. Como se mostró dócil y amable conmigo, busqué un banco libre, me senté en el medio y le pregunté la hora a un señor que pasaba. Me alegré al saber que no faltaba demasiado para la noche, aunque la espera se me haría interminable, me dije, mirándolo con ternura, mientras se humedecía bajo la presión de mis dedos.
Esquirla
El hombre, que parecía satisfecho, caminaba por Plaza de Mayo. Entonces la vio y se agachó a recogerla.
Al rato, mientras esperaba en una esquina para cruzar la calle, comenzó a silbar un tango y a sangrar.
Flores
Persuadido de los pies a la cabeza acerca de las dificultades de un acceso carnal más o menos rápido, quise probar a ver si la convencía por el lado de la belleza romántica y de la caballerosidad.
A un precio que me pareció exagerado, compré un ramo de flores en el puesto vecino a la parada del colectivo. Viajé todo el tiempo con él y se lo entregué apenas abrió la puerta, unas dos horas más tarde, a la hora que ella me había indicado.
Ella lo recibió y, con una leve inclinación del cuerpo, después de agradecerme la puntualidad, me hizo pasar.
Ya en el interior de su hogar, miró por segunda o tercera vez el ramo y, qué original, dijo.
Se expresó, además, con palabras de agradecimiento.
Me ofreció una silla en la sala, que no era muy grande, más bien todo lo contrario.
Ella, después de dos o tres frases comunes, a las que contesté de la manera más común posible, sugirió poner las flores a buen resguardo.
Dijo que no la incomodaba en absoluto mi manera de tartamudear y aseguró confiar en que todavía le quedara un espacio libre en un lugar especial de la casa, al que le gustaba llamar “el vivero”, y que, si yo le concedía un permiso provisorio, ella saldría unos momentos de la sala y dispondría todo, tal como la ocasión lo merecía, dijo.
A su regreso, toda contenta, manifestó haber hallado el sitio justo, el último disponible en “el vivero”, así que bien pronto debería renovarlo. Agregó que había tenido un día ajetreado, muy movido, creo que dijo, pero eso no le importaba en absoluto y no quería convertir su pasado reciente en una excusa, según remarcó con una sonrisa. A continuación, comentó que me quedara tranquilo, que ya podía dejar de temblar tanto, que la brevedad de la vida la tenía apesadumbrada y que yo no me iría de allí sin antes tomar una linda copita de licor y sin haberme acostado con ella, aunque sea un ratito, dijo.