La voz de la mujer del décimo piso le llegaba entonces como si descendiera de la cima de una montaña. Y él, un piso más abajo, se sentía como una roca en un valle hacia el que se deslizaba, junto con el canto, un río también o más de ella. Así estaba dispuesto el orden de las cosas en ese momento, o tal vez desde el principio habían estado de esa manera, con ella arriba, siempre arriba, porque si él se proponía recordar, y esto le pareció lo más conveniente dada la situación en que se encontraba sumido, no tendría otro remedio que comenzar por el primer día en que la voz de ella, originada en el departamento del que había tomado posesión esa mañana de un posible sábado, lo atravesó con su canto inaugural para decirle aunque las palabras fueran otras, ya estoy acá, he llegado y te lo hago saber, solitario habitante del noveno piso. Porque si de algo estuvo seguro desde el principio, era de que ese canto lo tenía como destinatario privilegiado, tal vez único, y si hubiera tenido la ocasión de un mínimo amigo le hubiera jurado una y mil veces que esa opinión no tenía nada que ver con creerse el centro del universo, pero como tal amigo había dejado de existir hacía mucho tiempo o tal vez, si lo pensaba mejor, no había existido nunca, se conformó desde esa primera y ya distante ocasión con repetirse muchas, incontables veces frente al espejo con una entonación que no reconocía como suya: esa voz me está destinada, es tan sólo para mí, y la mujer de la voz está incluida en ese destino.
¿Cuánto tiempo había transcurrido desde ese primer día? Le resultaba imposible contestar con precisión esta pregunta. Dos, tres, o miles fueron las jornadas con ella arriba, cantando en el décimo piso, y él siempre en su aposento abajo, sentado en el sillón frente a la ventana, o a veces en movimiento, caminando por el departamento. En cualquier caso un espectador sin aplausos pero con sonrisa algo desolada, casi una mueca de desesperación reflejando el insomnio que padecía.
Ni un día ni mil habían pasado hasta que al fin se encontraron en el ascensor. Lo supo enseguida, su boca era su voz, y la primera palabra que le oyó pronunciar esa tarde de lluvia fue tan necesaria como premonitoria, reafirmaba lo que había sido la historia en común y establecía un porvenir inevitable.
–Arriba –dijo ella.
–Sí, claro, al décimo.
–Ajá.
Y ya no existieron más que miradas esquivas en el ascensor, lento y silencioso con lo mejor de ellos dos adentro, solos hasta el final. Ni una palabra durante el viaje, ni una, ni siquiera para intentar una despedida amable cuando él se bajó y la dejó ir, pero el sonido del ajá quedó en su cabeza, en su espíritu, un ajá musical y cadencioso, y luego tuvo que enfrentarse con la noche en vela, con la melodía del ajá hasta la madrugada o quizá más todavía, como un estribillo de la canción más pegadiza, una de esas canciones de moda, moda que ella no incluía en su repertorio, pues sus temas parecían provenir de otro tiempo y de otro lugar, un lugar superior a todo lo conocido y que a él se le antojaba inalcanzable.
Él volvió por un instante al presente, aunque enseguida, al advertir que por el momento era impensable quitársela de encima, se resignó a seguir con los recuerdos.
El segundo encuentro.
Ella había subido a la azotea y allí la descubrió entonces, expuesta al sol, ausente del mundo y sus conflictos y dolores. Por qué había subido él, en verdad nunca se lo preguntó. Pero como si fuera el padre de la nena, como si tuviera un derecho natural, acercó una silla al cuerpo de la mujer y se sentó a su lado. Ella no hizo ningún movimiento, ni un mínimo parpadeo. Eso sí, mantuvo los pechos expuestos al sol y a la mirada de él. Y así permanecieron ambos en silencio, mirándose de vez en cuando. Cada tanto ella cerraba los ojos y parecía adormilarse y al mismo tiempo, como si obedeciera una orden, él desviaba la vista y se dedicaba a contemplar el paisaje de edificios y cables y antenas. La ciudad alrededor. Y cuando la noche sobrevino, la mujer se levantó, guardó el toallón en un bolso y se alejó de él, que continuaba sentado, mirándola irse, admirando la cadencia del cuerpo que se perdía en la penumbra, sin acertar a transformar la admiración en algún adjetivo que la representara. Y sucedió algo más. Antes de desaparecer por la boca de la escalera, ella se dio vuelta y con el gesto más insinuante de todo ese tiempo al sol, le dijo.
–Ya conocés una parte de mi vida, te falta la otra y ya lo sabés de sobra, estoy arriba, justo arriba tuyo.
Y a partir de esa tarde de sol y azotea, ocurrieron otras similares. ¿Cuántas? No lo sabe con certeza, imposible saberlo, si el tiempo le parecía haber dejado de existir. Todos esos encuentros resultaron casi idénticos. Solamente el sol y el cielo y la brisa parecían distintos cada vez.
Y cuando no estaban en la azotea y él dejaba pasar las horas y los días en su cuarto, la vida transcurría con la monotonía del canto de ella ahí arriba, entrándole profundo.
En medio de esas jornadas, recuerda él ahora, hubo una en que al salir del edificio se quedó viendo y escuchando en la vereda a unas nenas con trenzas. Ellas cantaban, no una canción infantil, no una canción conocida sino una melodía extraña y provocadora, y a las nenas no las había visto nunca y nunca volvería a verlas. Pero la mujer del décimo piso cantó esa noche la canción de las niñas en la vereda, la misma terrible y urgente canción. Y entonces él se vio acercándose cada vez más al precipicio, y no podía hacer otra cosa, sólo caminar, intentar alcanzarla.
Al día siguiente, tal vez como último recurso para evitar el encuentro, visitó al encargado del edificio. Le habló de cosas que no le importaban hasta que, como al pasar, le preguntó por ella y su canto. Quería y necesitaba saber si los vecinos se habían quejado o al menos habían hecho algún comentario al respecto. Pero la respuesta del encargado lo dejó inmerso en la confusión más honda, y entonces supo que el tiempo de la espera había terminado y que el plazo se cumpliría esa misma noche.
Esa misma noche él abrió de par en par la ventana de su departamento y a continuación comenzó a subir. Los pasos se apagaban en la alfombra de la escalera que los había separado hasta entonces. Al llegar empujó apenas la puerta, que cedió con suavidad. Enseguida la voz de ella detuvo su marcha y le hizo saber que estaba en el baño. Luego la mujer siguió cantando y aunque el ruido del agua de la ducha desfiguraba los sonidos, a él se le antojó la canción más poderosa y provocativa que le había oído jamás.
Casi no había muebles allí. Miró la cama, que también parecía esperarlo. Se desvistió lentamente y se acostó expectante y erecto.
De pronto, la canción pareció interrumpirse, enseguida él percibió que la ducha cesaba su rumor y apretó bien fuerte las sábanas.
Ella apareció desnuda, le pareció verla flotar por el cuarto y prefirió cerrar los ojos. De inmediato sintió como ella se encaramaba, tomaba el lugar que había sido suyo desde el principio, arriba, siempre arriba, y a él lo atrapó la sensación de imaginarla como montaña, y desde ese instante fue la roca en el valle, y el sexo de ella el río que bajaba por la ladera. Hubo un gran silencio entonces, hasta las respiraciones habían cedido, tal vez un prolegómeno que presagiaba la locura de lo que sucedería en esa habitación. Ella quedó inmóvil mientras él la adivinaba concentrada en la preparación de los sentidos. De pronto percibió un leve movimiento que la incrustó en su cuerpo. Enseguida la mujer sacudió su letargo, comenzó una danza morosa, sin urgencias, y de su boca arreció la canción del primer día, y luego la del segundo, y luego, luego no se detuvo. Y él, envuelto en las melodías, atrapado por ella, permaneció sin posibilidad de procurar otra cosa que no fuera la erección más violenta y prolongada. La voz de la mujer repetía una a una las letras de las que él apenas lograba comprender algunas palabras sueltas y que sin embargo lo conmocionaban hasta el aturdimiento, y así durante minutos, horas o siglos, cómo saberlo. Hasta que al fin llegó el momento en que su deseo más inmediato comenzó a ser otra vez el de quitársela de encima, pero ella continuaba machacando con su canto y su sexo y su movimiento, y fue entonces cuando él se propuso recordar lo que había pasado desde el primer día, y eso fue lo que hizo, y luego comenzó a preguntarse si en realidad alguna vez había existido el ascensor del ajá, o la azotea de las tardes al sol, o las nenas cantando en la vereda, o la cara estúpida del encargado, y de repente, con espanto y sin asombro vio el cuchillo al alcance de su mano, y ya no fue tanto el espanto cuando lo tomó, y ya casi el espanto era un recuerdo entre tantos cuando lo apretó bien fuerte, listo para la embestida final. Pero al advertir que había comenzado la canción de la ducha, la poderosa canción que había escuchado al entrar, dejó a un lado el cuchillo y con cada nota el río en el sexo de la mujer pareció desbordar y convertirse poco a poco en una catarata alucinante, y el canto pasó a ser un grito, y luego un aullido, y con la nota más alta sucedió que el río devino en mar, para romper al fin contra la roca y entonces ella dejó de cantar y en el lugar de la locura reinó el silencio y después la nada. Como si la muerte.
En algún momento impreciso el hombre se encontró en su habitación, permanecía tal como la recordaba de la última vez.
La voz de la mujer se escuchaba apenas, parecía alejarse.
–Ahora te vas, pero ya nos hemos conocido y llegará por segunda vez nuestro día, el día definitivo.
Entonces cerró la ventana y comenzó a esperarla.